martes, 10 de julio de 2012

El Brujo

Había un futbolista de aspecto hosco, de espaldas anchas, mandíbula recta, mirada tímida, remate devastador. Con el balón en los pies era un manual de la sencillez, toco y me voy, sin el balón en los pies era un manual del desmarque, amigo del segundo palo, como los delanteros de antaño, como aquellos asesinos del área de los que aprendió en su niñez junto a las aguas del cantábrico.

Recibía de espaldas, descargaba, buscaba el área y remataba. Casi siempre marcaba. Fue ídolo de masas en Gijón, donde hicieron cisma en pos de evitar su marcha, pero el pájaro libre buscaba otras tierras, otros mares, otras aspiraciones. Junto al Mediterráneo se hizo un nombre internacional, siguió anotando goles, ganó algún título y, sobre todo, ganó el cariño de otra afición. Lo suyo era ganar corazones porque representaba la nobleza, la profesionalidad, la eficacia, el esfuerzo entendido como obligación contractual.

Sufrió en sus carnes el secuestro y encogió el alma de todo un país. El día que regresó a la libertad, con la barba rala, los ojos húmedos y la boca seca, prometió seguir marcando goles. El maestro del remate siguió vacunando porteros, jugó hasta los cuarenta y dio lecciones de vida a todos los que, junto a él, pretendían aprender de fútbol. Regresó a casa, al cantábrico, al Molinón, a escuchar los gritos entusiasmados de una afición entregada, siguió ganando corazones y se ganó el respeto de toda España. Hasta su úlitimo día, hasta su último gol, El Brujo siguió hechizando a la grada y conjurando su instinto para salir victorioso en cada duelo contra el portero rival.