lunes, 30 de enero de 2017

Lev Yashin

Poco antes de empezar el encuentro, el joven Lev Yashin se calzó unos raídos guantes de cuero. Los presentes, entre indecisos y sorprendidos, observaban al chico grandote y se preguntaban qué debía temer para calzarse unos guantes antes de jugar. Hacía frío, sí, pero no menos que cualquier día otoñal en la vieja Rusia. Y el balón era pesado, sí, pero no menos de lo que podía llegar a serlo en aquellas noches en las que la lluvia y la nieve calaba hasta los huesos del alma.

El primer portero en usar guantes era ruso y no había practicado fútbol hasta los diecisiete años. Días antes de aquel debut, defendía la portería del equipo de hockey hielo de la fábrica de herramientas y, acostumbrado a llevar sus manos protegidas, solicitó un par de guantes para sentirse más seguro en la portería. Aquellos que le habían mirado de manera extraña fueron los mismos que le admiraron durante muchos años después. Ya nadie debatía sobre sus guantes, sino sobre su capacidad para asombrar al mundo. Disputó cuatro mundiales y, terminado el siglo XX, le otorgaron el galardón de mejor portero de la historia.

Pero los grandes estatus no se alcanzan por casualidad. Uno debe ser un gran hombre, un tipo insaciable y un deportista inabarcable para ser considerado el mejor. Cuando debutó con el Dinamo de Moscú nadie podía imaginar que aquel chico dubitativo iba a estar más de veinte años defendiendo la meta del equipo del ejército. No fue hasta que comenzó a vestirse de negro cuando fue tenido en consideración de leyenda. Le apodaron "la araña negra" porque parecía un antrópodo capaz de sacar ocho brazos ante cualquier circunstancia. Su entrega y dedicación le valieron el título de coronel del ejército. Toda una institución en un país donde la supremacía se ganaba a base de trabajo y miedo.

Pero no todo fueron rosas en el jardín de infancia. Hubo un día en el que regresó a Rusia como culpable y las sospechas se cebaron sobre su sombra. Fue después del mundial de Chile, disputado en 1962, cuando la gran Unión Soviética, vigente campeona de Europa, sucumbió contra el equipo local después de que su portero encajase dos goles inverosímiles. Durante una tarde, quizá la más importante de su carrera, el ángel que le acompañaba voló hacia la grada y prefirió sentarse para disfrutar de su humillación pública. Murió de pie y aprendió de rodillas. La sorna y la duda le hicieron más fuerte, más rápido, más perspicaz.

Y es que aquel mundial de Chile no había empezado con buen pie. En el partido de la fase previa ante Colombia, cuando los soviéticos vencían por cuatro goles a uno decidieron relajarse y darle alas al rival. El empate a cuatro final fue visto con sonrojo en Moscú. Y aún más lo fue aquel gol desde el córner que el colombiano Coll anotó ante la mirada impasible de Yashin. Nunca en la historia de los mundiales se había anotado un gol olímpico y él tuvo la mala fortuno de ser el primero en encajarlo. Pese a las críticas y los infortunios, el tiempo terminó olvidando el desastre porque fueron muchos más los milagros que sobrevinieron que los errores que le recordaron. Por su trayectoria admirable, la FIFA decidió que el premio al mejor portero de cada mundial llevase su nombre. Un digno reconocimiento a quien dedicó gran parte de su vida a hacer de su oficio un monumento al asombro.

Fue en el año 1946 cuando le instaron a probar suerte en el fútbol. Le gustaba el hockey y se sentía feliz siendo un dechado de reflejos. Era joven e insensato. Decidió probar suerte ante la lesión del portero del equipo de la fábrica y se quedó para siempre. Le picó un gusanillo difícil de apartar. Aquel campo de visión le otorgaba mayor libertad de pensamiento, aquel balón tan grande le ayudaba a la hora de interpretar los disparos, aquellas porterías tan anchas le obligaban a ser más ágil.

Cuando el chileno Leonel Sánchez anotó uno de los goles más importantes en la historia de su país; el locutor Julio Martínez, gritó una de las frases más famosas en la historia de los relatos deportivos. "¡Justicia divina!". Chile le estaba ganando a la URSS en partido de cuartos de final del mundial y Yashin ya sabía que la justicia divina no iba a recaer a su favor. Pero si existe un ente que imparte justicia con la divinidad de los hechos, es el tiempo. El mismo que encarece mitos y levanta estadios. El único capaz de otorgar reconocimientos más allá de los logros. Meses después de recibir aquellos goles frente a Chile, la revista France Football le otorgó el premio al mejor jugador europeo del año. Un hito sin precedentes que no ha tenido parangón en la historia del fútbol. Desde entonces ningún otro portero se ha asomado a los estudios del periódico francés para fotografiarse con tan preciado galardón.

Cuando acabó su carrera, la gente hablaba de un hombre que mantuvo su portería a cero en casi trescientos partidos. Exageración o no, lo cierto es que el mito se fue haciendo más grande a medida que el portero iba pasando por los años sin que los años pasasen por él. Era sobrio, ágil y omnipresente. En el año 1970 ganó su quinta copa de soviética diecisiete años después de ganar la primera. Era la guinda a una carrera trufada de grandes momentos. Una carrera ganada a pulso, a guantazos y carreras hacia el borde del área. Tan inmensa fue su fama que allende las fronteras soviéticas la gente esperaba la llegada de un ogro gigante. Pero aquella araña era un hombre de carne y hueso afincado en el milagro cotidiano. Cuando ganó para la URSS la primera edición de la Eurocopa de naciones, el régimen le convirtió en un símbolo del comunismo. Aquí está nuestro hombre, y Yashin se paseaba por Rusia como el salvador del bolchevismo. Por ello, resultó hasta curioso comprobar como su muerte, en 1990, coincidía con el fin del Guerra Fría y la fulminación de la perestroika rusa. Moría el mito. El niño que comenzó a jugar al hockey mientras se dejaba las manos en un torno fabricando herramientas para que su país pudiese defenderse de los ataques alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Aquel hombre trufado de premios para mayor gloria del comunismo. La Orden Olímpica, la Orden de Mérito de la FIFA y, sobre todo, el prestigioso Balón de Oro concecido por la revista France Football en 1963. Aquellas muescas ayudaron a fabricar un mito inalcanzable. Jugar contra él era como jugar contra Dios. Quizá fue por ello que los rivales se sentían intimidados y los compañeros se sentían tan seguros como en un búnker. El hecho es que, más allá de la mística, Yashin se convirtió en un gran portero porque se anticipó a los tiempos. Se puede decir que fue uno de los primeros porteros modernos, esos que ya no se quedaban necesariamente bajo los palos a esperar la llegada del equipo rival, sino que prefería adelantar su posición, salir fuera del área a despejar o incluso a convertir la portería en diminuta para el atacante.

En su periplo en el Dínamo de Moscú, único equipo en el que jugó a lo largo de su carrera, a excepción de la selección soviética, Yashin disputó trescientos veintiséis partidos de liga para ganar cinco campeonatos a los que sumar a las tres Copas de Rusia logradas y al campeonato de Europa de naciones. Además, se consagró como un consumado para penaltis capaz de detener casi un tercio de las penas máximas que le lanzaron y que, en diecinueve años de carrera, fueron casi cuatrocientas.

Como casi todas las grandes carreras, la suya fue la del tipo que supo estar en el momento preciso y en el lugar adecuado. Durante meses, cuando aún era un joven imberbe aspirante a portero titular, tuvo que guardar reposo obligado en el banquillo de suplentes mientras veía como el portero titular, Alexei Jomich, apodado "El tigre", se hacía con el cariño de la gente a base de paradas milagrosas. Pero el verdadero milagro, para Yashin, llegó en forma de lesión. Jomich se rompió el brazo y el joven Lev saltó al campo y ya nunca más se marchó. Se olvidaron del tigre y nació la araña. Siempre vestido de negro, como un color fetiche que le ayudaba a imponer su presencia por delante del mundo, Yashin se convirtió el leyenda después de ser el primer futbolista ruso en disputar cuatro campeonatos del mundo. Más allá del profesionalismo, además, como el jugador amateur que siempre fue en su Rusia natal, pudo disputar los juegos olímpicos disputados en Melbourne en 1956 y alzarse, a su paso, con la medalla de oro. Una carrera de gloria que comenzaba con la mayor gloria.

Aquel dos a uno en la final olímpica ante Alemania supuso su presentación a nivel internacional. En Rusia, como el amo del destino del Dínamo, ya era una celebridad, pero pocos, allende las fronteras, habían podido admirar sus capacidades y sus reflejos. El cénit de su carrera llegó en el mundial de Inglaterra celebrado en 1966 cuando la Unión Soviética alcanzó las semifinales. Un hito sin precedentes para un fútbol en continua necesidad de gloria. Por ello, el día que se marchó del fútbol, le hicieron un homenaje a medida y una selección compuesta por los mejores jugadores del mundo viajaron al hermético Moscú para enfrentarse a la URSS. Tras el partido y los agasajos, Yashin, con la misma mirada de aquel niño que con siete años había soñado un final así después de ver la película "El Portero", tomó un micrófono y dejó dos palabras escuetas para la eternidad. "Gracias, público".

lunes, 26 de septiembre de 2016

Pichichis: Victorio Unamuno

A las oficinas del Athletic llegó un tipo que hablaba maravillas de un chico que jugaba en el Alavés. Era un imberbe de diecisiete años que iba al balón con la fe de los suicidas y remataba con la precisión de los cañoneros. Se llamaba Victorio, aunque todos le conocían por Unamuno. Un ilustre apellido vasco que, más allá de las letras, se había extendido hacia el fútbol.

De aquel niño que llegó desde Vitoria al hombre que se marchó a Sevilla seis años más tarde, habían sucedido cientos de partidos y decenas de goles. No tardó en convertirse en el delantero titular del Athletic Club de Bilbao, el, por entonces, mejor equipo del país y no tardó en conquistar la gloria vistiendo la camiseta con la que todos los niños vascos soñaban desde la cuna. Ganó dos ligas y cuatro copas y, poco a poco, se fue introduciendo en el imaginario colectivo de una afición que tendía a convertir a sus futbolistas en auténticos dioses.

Unamuno I, llamado así para distinguir su nombre de Vicente Unamuno, otro ilustre futbolista de la época rojiblanca, tuvo el honor de formar parte del primer once del Athletic de Bilbao en liga. Jugó como titular indiscutible durante un par de temporadas, hasta que apareció Bata; más rápido, más hábil, más expresivo, y la grada, y el club, se vieron obligados a elegir a uno de los dos. El ganador fue Bata y Unamuno hubo de marcharse al sur. Se consagró como futbolista vistiendo la camiseta del Betis y aún hoy vive algún hombre que, siendo niño, vivió el día en el que los verdiblancos se proclamaron campeones de liga con un triplete de su delantero centro. No resultó extraño, pues, que no tardase en convertirse en ídolo de aquel equipo, apodado Euskobetis debido a la cantidad de jugadores vascos que cohabitaron en la plantilla y entre los que Unamuno encontró su hábitat adecuado para sentirse como en casa.

No era el delantero más hábil de la liga pero era listo y sabía donde aparecer. Gustaba de jugar fuera del área por lo que no era extraño verle dar tantas asistencias como goles anotaba. Precisamente, aquellas fueron las cualidades que le convirtieron en un célebre juvenil del Deportivo Alavés y gracias a las cuales aterrizó en su querido Athletic. Allí comenzó a hacer historia el día que conquistó el primer doblete en la historia del club. Era la temporada 1930/31 y el Athletic dominaba el país con puño de hierro. Un dominio que prosiguió durante un par de temporadas más y tras el que el Unamuno se vio obligado a emigrar al sur. Se decidió por el Betis porque allí ya jugaban Urquiaga, Lecue, Larrinoa y Arqueta. Nunca se arrepintió de ello porque en Sevilla fue más ídolo que en Bilbao y porque allí sentó cátedra para darle al club la primera y única liga de su historia.

Todos los recuerdos se agolpaban en la vieja memoria de un tipo que, un día antes de cumplir los setenta y nueve, dijo adiós postrado en una cama y con su famosa pierna derecha amputada por encima de la rodilla. Víctima de la edad y la diabetes, el gran Unamuno se marchó dejando para ell recuerdo unas cifras de impresión. Ciento cuarenta y un partidos en liga y ciento un goles. Tres ligas y cuatro copas. Y un trofeo de máximo goleador de la liga que ganó en su regreso a casa.

Porque él ya había visto la muerte de cerca, al igual que todos los jugadores de su generación. La Guerra Civil, que estalló cuando tenía veintiséis años y se encontraba en el mejor momento de su carrera, le obligó a regresar a casa. Luchó y sobrevivió. Muchos no pudieron decir lo mismo. Cuando terminó el conflicto regresó la competición. Había mucho dolor, pero se guardaron muchos silencios. Unamuno ya no era rápido, pero seguía siendo listo. Regresó a San Mamés para volver a vestir la camiseta del Athletic y fue entonces cuando ganó su título de máximo goleador. Ya no era el mismo equipo. La guerra lo había roto y le estaba costando recomponerse. Unamuno sumó goles mientras el resto intentaban sumar juego. Por allí seguía Gorostiza, antes de salir repudiado camino de Valencia, aparecieron Gárate y Elizondo. Se intentaba resurgir, pero costó más de lo que hubieran deseado.

Pese a su rendimiento, jamás consiguió ser internacional. No era fácil serlo en aquella época en la que apenas había partidos internacionales y no se permitían las sustituciones. Luis Regueiro era el delantero de moda en España y cuando Bata le tapó el hueco en su club, terminó haciéndolo también en la selección. No le sirvió tampoco ser un héroe en Sevilla. Pero él sabía que había mucho fútbol más allá de la camiseta de la selección. Rindió como pocos y aún hoy, en Sevilla, es considerado uno de los mejores jugadores que pasaron por la entidad. Allí fue capitán y emblema. No era la primera vez. Ya había sido emblema en el Aurrerá Vitoria, donde llegó recién cumplidos los quince años. Se batía el cobre contra los mayores y casi siempre ganaba sus duelos. Lo fue en el Alavés y también en el Athletic. Hasta que una competencia brutal le obligó a marcharse camino a una nueva aventura.

En una mirada alegre, recordó siempre el día que se proclamó campeón ante el Racing. En una mirada triste, recordó siempre como la Guerra Civil acabó con la mejor generación de futbolistas vascos. En una mirada global, el fútbol recordará para siempre al primo lejano de Don Miguel de Unamuno que eligió el fútbol en lugar de las letras. Nunca podría haber eclipsado a su pariente. Para el fútbol se necesita ingenio. Para las letras, además, hace falta ser un genio. La cátedra y la catedral son dos lugares diferentes. Uno combatió a las desigualdades y el otro, Victorio, solo fue un buen futbolista. Con menos se hubiese conformado más de uno.

lunes, 20 de junio de 2016

Pichichis: Isidro Lángara

Aún quedaba algún ciudadano de la vieja Buenos Aires, vecino de Almagro, que levantaba la cabeza extrañado cuando observaba a cientos de inmigrantes españoles caminando rumbo al estadio de San Lorenzo. Todos acudían en masa para ver al vasco. Ese hombre espigado y de mirada ladina que había decidido quedarse en América cuando en su España natal se había pronunciado el parte de la victoria. Eran tiempos difíciles, el chico había salido de España durante la guerra, junto a muchos otros compañeros futbolistas y ahora temía volver. Temía por su vida.

Para Isidro Lángara, Argentina era su segunda parada. Su estancia en México ya había sido exitosa. Aquel grupo de amigos vascos se habían asentado en la capital mexicana tras cruzar el charco y habían conseguido formar un equipo para jugar en la liga local. Era el Euskadi Club de Fútbol. Habían quedado segundos y él había anota una veinta de goles. Una barbaridad para un campeonato tan corto. Alguien, en Buenos Aires, le habló de él al presidente de San Lorenzo y fletaron un barco para ir a buscarle. Pero aquellos no habían sido sus primeros goles. El suyo, con el gol, era un idilio que había tocado techo vistiendo la camiseta azul del Oviedo, esa ciudad que, con los años, le sigue rindiendo tributo en forma de recuerdo inmortal.

Con tal intensidad brillaba su aureola en la capital asturiana que, cuando regresó, por fin, en 1946, lo hizo en loor de multitudes. Volvía el hijo pródigo y las calles se llenaron para recibir al héroe de la preguerra. El hermano de un ministro del gobierno le había pedido, en una comida nacional, que interpelase ante el Franco para que Lángara pudiera regresar a España sin represalias. La orden se firmó con los dientes prietos y la ciudad lo entendió como un gesto de buena voluntad. El ministro y su hermano, que eran ovetenses, presidieron el cortejo de bienvenida y en el estadio del equipo se vistió de corto, una vez más, el tipo que tantas veces les hizo soñar.

Cuando aún no se había formado la liga de fútbol, el Oviedo ganó hasta en cinco ocasiones el campeonato de Asturias con Lángara como principal estrella. Su abanico de remates era inmenso y sus recursos en el área interminables. Se generó la liga y el Oviedo quedó encuadrado en la segunda división. Allí permaneció tres años y Lángara hizo tantos goles que se ganó la llamada de la selección absoluta. Allí dejó cifras aún no igualadas; diecisiete goles en doce internacionalidades. Una media imposible de superar en los tiempos modernos.

Cuando debuta, por fin, en primera, es un ciclón. Se convierte en máximo goleador de la categoría durante tres campañas consecutivas y, gracias a sus goles, el Oviedo se acomoda en los puestos altos de la tabla. Es el primer jugador en anotar un triplete en tres jornadas consecutivas, un hito que repetirá en dos ocasiones, los estadios se llenan para verle y en Oviedo no queda ni una entrada por vender. Cada partido merece la pena.

Con ese recuerdo regresó Lángara a Oviedo, pero habían pasado diez años desde su último partido y la edad no le permitía regresar al descaro de la juventud. Fue otro Lángara, más sabio, más astuto, pero más pesado. Había perdido velocidad y, aunque dejó un puñado de goles, su intento por regresar a la selección española se vio truncado con la llegada de Telmo Zarra al combinado nacional. Fueron dos años buenos, pero no espectaculares. Tras aquello, preso de su deseo de seguir disfrutando, regresó a México y despidió a Oviedo entre lágrimas. Allí le esperaban con los brazos abiertos y allí encontró su retiro dorado. Colgó las botas, se convirtió en entrenador y el fútbol perdió un goleador para ganar un sabio.

Los viejos hinchas de San Lorenzo aún recuerdan el día que vieron debutar a Lángara. Los niños de entonces son hoy ancianos de vivo recuerdo y huesos entumecidos. Les dijeron que en aquel barco que arribaba a puerto llegaba un vasco que hacía goles como rosquillas. Muchos le siguieron hasta Almagro. Aquella tarde, El Cuervo jugaba contra River. Al vasco le habían inscrito pero había llegado demasiado tarde para poder jugar. O eso creían. Se vistió de corto, saltó al campo y en veinte minutos hizo cuatro goles. Cuando salió entre aplausos, todos sabían que habían fichado a un tipo inmortal.

Aquel fue el techo de su aventura americana porque San Lorenzo era un equipo grande, con aspiraciones y con una gran masa social que le adoraba. Un techo que él creia haber alcanzado ya cuando había fichado por el Real Club España de México. Con este equipo ganaría los que serían sus únicos títulos. Un palmarés muy ralo para un tipo tan imborrable. Aunque es cierto que cuando se deja huella en los corazones, los títulos, en muchas ocasiones, solo son premios añadidos a la satisfacción.

Podía haber ganado más. Concretamente, podía haber alcanzado la gloria más absoluta. En su mejor momento viajó a Italia para disputar el mundial con la selección española. Tras un duro enfrentamiento contra el anfitrión, cayó lesionado y no pudo disputar el partido de desempate. Los que vieron aquello saben que fue un asalto a mano armada. El árbitro permitió una masacre y el parte de guerra dejó tantos heridos que España no supo afontar en condiciones el encuentro de repetición. Ganó Italia y los españoles regresaron llorando a casa sabiendo que se les había escapado la mayor oportunidad para tocar el cielo. Lo que no sabían es que lo que verdaderamente les esperaba era el infierno.

En julio de 1936 el ejército toma las cortes y se inicia una cruenta guerra entre hermanos que dividió a España en dos. Los futbolistas, en mitad del conflicto, hubieron de tomar partido por una de las dos facciones. Lángara regresó a su país vasco natal y, aunque en un principio luchó junto al ejército republicano, fue captado por una selección de jugadores para cruzar la frontera y jugar partidos amistosos en pos de reivindicar su soberanía. La selección de Euskadi llegó a París el veinticinco de abril de 1937 y un día después fueron alertados de una tragedia sin precedentes. La aviación del bando nacional había bombardeado Guernica hasta reducirla en escombros. Muchos lloraron de dolor. Muchos más de impotencia. Y todos juraron luchar por sus ideas más allá de una España que se desquebrajaba cubierta en sangre y lágrimas.

Llorar por Euskadi le dolió en el corazón. Él era un asturiano de adopción futbolística, pero su alma era vasca porque había nacido allí y allí había pasado su infancia. Cuando al presidente Carlos Tartiere, alma del Oviedo de preguerra, le hablaron de aquel muchacho de Pasajes, viajó para verlo golear. Pagó diez mil pesetas como compensación por el fichaje y se lo llevó bajo el brazo camino de Oviedo. Allí jugó durante casi diez años divididos en dos etapas. Entre todos, jugó más de un centenar de partidos y marcó ciento veintisiete goles. Los que le recordaron durante toda su vida aseguraron que había sido el mejor delantero español de la historia.

Durante la disputa del mundial de 1934, aquel en el que terminaría lesionado por la agresividad del combinado italiano y la permisividad del árbitro, la gente hablaba maravillas de un delantero brasileño llamado Leónidas. Aquel genio que había goleado con hermosura en las rondas previas, provocó un alboroto en el país transalpino. La gente acudió al campo a verle jugar en el partido de octavos de final frente a una España casi desconocida. Habían ido a ver a Leónidas y terminaron sorprendidos por la variedad de Lángara en el remate. Dos goles y Brasil en la lona. Podía haber esperado más gloria, pero las circunstancias, siempre las circunstancias, volvieron a interponerse en su camino.

Cuando arribó a puerto, en la lejana Buenos Aires, antes de aquel recital ante River, equipo ante el que mostró especial saña goleadora, la gente desconocía la procedencia de aquel espigado vasco, pese a que ya había sido máximo goleador en España y en México. Terminada la temporada, y conseguido el hito de convertirse en máximo artillero en tres campeonatos diferentes, la gente terminó rendida a sus pies y la afición de San Lorenzo, abnegada ante su talento, le susurraba cánticos de sirena en pos de conseguir que jamás se alejase de su orilla.

Pero al lugar qué el añoraba no podía regresar. Había desplantado a Franco huyendo de españa para enrolarse en un equipo de claro carácter republicano. Había desplantado ya a Mussolini cuando no habían levantado el brazo en honor al himno italiano en el ya tan recordado mundial. Había desplantado a tantos porteros que no eran pocas las aficiones que deseaban no tenerle como contrario. Pero nunca se desplantó a sí mismo ni a sus principios.

Desde que debutara en primera división con el Oviedo, había salido máximo goleador en seis temporadas diferentes y con tres equipos distintos. Anotó veintisiete, veintisés y veintisiete goles en sus tres primeras temporadas en la máxima categoría. Fue máximo goleador en México con treinta y tres. Y anotó veintisiete y cuarenta goles las dos temporadas que fue máximo artillero de la liga argentina. Números de auténtico depredador. La anticipación de aquellos hombres que, con el tiempo, se conocieron como cracks.

Los hombres de honor necesitan un obstáculo para demostrar su valor, necesitan de la épica para entrar en la historia y necesitan de la admiración general para convertirse en leyenda. La historia del fútbol español está repleta de grandes goleadores, pero siempre habrá uno que fue el primero de todos. Isidro Lángara no fue un goleador cualquiera, fue el primer tipo, junto a Zamora, que puso a España en el mapa. El primer hombre de honor en perder una guerra contra el fascismo y ganar una guerra contra la palabra. Ganador de su propia guerra, se mantuvo en la élite mientras pudo y en los corazones de quienes le recordaron mientras duraron sus historias.

Aún hoy, algún viejo anciano de Buenos Aires, le comenta a su nieto que hubo un día en el que los inmigrantes españoles acudían al barrio de Almagro para ver golear al vasco. La inmortalidad se gana así, de boca en boca. De generación en generación.

jueves, 25 de febrero de 2016

Dixie

El día que el delantero estrella del Everton recibió una patada tan fuerte que le hizo perder un testículo, el chico fue consciente de que mantenerse en la élite no solamente iba a ser un trabajo conducido por la ilusión, sino que iba a necesitar grandes dosis de audacia y carácter si quería sobrevivir en la jungla.

Dixie Dean comenzó pateando ratas junto a las vías del tren para practicar el chut con ambas piernas. En tiempos de penuria, aquellos pequeños animales eran lo más parecido a una pelota en movimiento que el joven podía encontrar. Más allá de hacer carrera con un balón, la trascendencia de Dean fue mayor aún que su leyenda. Anotó cientos de goles, pero sobre todo dejó la impronta de un tipo al que había que imitar. Lo malo para el Everton fue que, en su caso, Dean se había convertido en un futbolista inimitable, por más que él hubiese pasado sus últimos años intentando peregrinar su palabra de oído en oído, haciendo el esfuerzo para que los jóvenes supiesen qué significado tenía la camiseta que vestían cada domingo.

Quizá por ello, para no ver más como aquella camiseta se ensuciaba de mala manera, el que fue considerado mejor jugador de la historia del Everton, decidió marcharse para siempre una tarde de marzo de 1980. El Liverpool había anotado el definitivo uno a dos en Goodison Park y el corazón de Dean decidió decir basta. Allí quedo su último suspiro, en la misma grada desde las que había escuchado las mayores ovaciones de su vida.

Y es que Dean siempre fue de emociones fuertes. El día que un directivo del Everton llamó a su trabajo para comunicarle que querían firmarle un contrato, corrió las cuatro millas que le separaban del hotel Woodside para no hacer esperar a sus firmantes. Tales eran sus deseos de triunfar en el Everton que peleó durante toda su vida y contra las indicaciones médicas. Por ello, el día que, después de sufrir una fractura craneal le dijeron que se olvidase del fútbol, puso todo su empeño para volver a lo grande. Y lo hizo. Cuando se retiró había sumado treinta y siete tripletes. Nadie ha repetido semejante hazaña en el fútbol inglés.

Su despedida se tiñó acuosa por la cantidad de lágrimas derramadas. Dean era un hombre sensato y sabía que podía seguir jugando al fútbol, pero también sabía que ya no podía seguir dándole toda su calidad al Everton. Firmó por el Notts County y se dispuso a disfrutar sus últimos años sin la presión de verse como líder de un equipo obligado a ganarlo todo.

Dean había tirado la toalla pocos meses antes como jugador del Everton. En un duro partido disputado contra el Tottenham en FA Cup, había luchado como siempre pero había estado más desacertado que nunca. Las cosas cambiaron cuando, en el partido de desempate cedió su lugar a Tommy Lawton. El chico tardó pocos minutos en volver loca a la defensa rival y en sentenciar la eliminatoria. Aquel día, Dean se dio cuenta de que sus días en el Everton habían tocado a su fin y que había que darle el relevo a Lawton. Fue el día que rememoró su infancia, sus aficiones más reprochables y sus logros como futbolista.

Recordó el día que entró a trabajar en Wirral Ferrocarril acompañado de su padre. Tenía once años y tenía el convencimiento de que jamás tendría la oportunidad de ser un jugador de fútbol. Recordó aquellos días previos a un derbi cuando enviaba misivas a Leesh Scott, portero del Liverpool, preguntándole si era capaz de dormir sabiendo que se iba a enfrentar al mejor delantero del campeonato. Y recordó aquellas ocasiones, más de las reconocidas, en las que terminó la jugada regalando un gol al compañero mejor colocado. Fue un gran goleador, pero nadie debía olvidar que había sido también un magnífico asistente.

En su primera temporada en el Everton ya se había convertido en el ídolo de la gente. Su carácter, siempre competitivo, y su amor al color azul, le hicieron ser el tipo más querido de la ciudad. Educado en la calle y en la fábrica de ferrocarriles, no tuvo reparos en admitir que su escuela fue el fútbol. Allí aprendió a valorar el cariño, la fe y los logros. Quizá fue por ello que el día que anotó el gol que le convertía en el máximo goleador de la historia en una sola temporada, el estadio rugió como no lo había hecho nunca antes. Y hablamos de un club que, por aquel entonces, ya se había habituado al éxito no circunstancial.

El mayor susto de su vida lo tuvo en 1926 cuando un accidente de moto le causó una severa fractura en el cráneo. Lo primero que hizo tras volver a jugar fue anotar un gol de cabeza. Quería dejar claro que su testa no conocía el dolor y que su ímpetu no tenía barreras. Corrió el rumor, durante un tiempo, ante la incredulidad de que el tipo que días antes se había fracturado el cráneo, fuese capaz de seguir cabeceando pelotas con la firmeza de un titán, de que los cirujanos le había dejado incrustrada una placa de acero en la cabeza. Pero ya se encargó él de desmitificar la leyenda y dejar claro que lo suyo era ímpetu y no ciencia ficción.

En 1930, durante un amistoso disputado en Colonia, se fracturó dos dedos y su mayor pesar no fue el de no poder disputar partidos de fútbol, pues él daba por hecho que sería capaz de jugar sin un brazo, sino que se molestó por no poder echar sus vespertinas partidas de cartas. Lo banal, también, a veces, por encima de lo trascendental. De esta manera se convirtió en el tipo más querido al lado azul de la ciudad. Un hombre anuncio al que las marcas acudían y al que los aficionado adoraban cada vez que iba a anotando, uno a uno, hasta sumar diecinueve, los goles en los partidos disputados ante el Liverpool, archienemigo, siempre a batir, al otro lado de la ciudad.

A pesar de la rivalidad, Dean se ganó el respeto de toda la afición red. Tal fue así, que a su muerte, el míto Bill Shankly llegó a decir que Dixie Dean formaba parte de la clase de gente importante como Beethoven, Shakespeare o Rembrandt. Casi nada. Y es que Dean principalmente encauzó su lucha con el objetivo de convertirse en leyenda del equipo al que aprendió a amar desde que era solamente un niño. Era un delantero fuerte, pero no exento de buenos movimientos. Se movía como los ángeles y se anticipaba como un demonio. Nadie olvidará la tarde en la que hizo un hat-trick al Arsenal para establecer, así, el record aún perdurable de sesenta goles en una sola liga.

Aparte de ser un enamorado de la camiseta que vestía, Dean era un hombre de principios firmes. Quizá fue por ello que no quiso firmar su primer contrato amateur con el New Brighton AFC, el equipo que presidían los dueños de Wirrar Ferrocarril, ya que se negaba a servir a los mismos jefes en el trabajo y en el ocio. Y fue por eso por lo que tendió una mano al joven Tommy Lawton cuando este subió al primer equipo del Everton en 1936. Eran los años del ocaso y Dean descubrió en Lawton unas magníficas condiciones con las que poder triunfar en el fútbol. Le adoptó bajo su manto protector y le enseñó sus mejores secretos para que, el día que él decidiese salir del club, el chico estuviese suficientemente preparado para sustituírle.

Sus principios, su fútbol y sus increíbles saltos, aún rememorados en la consciencia de quienes escucharon las historias de boca de sus abuelos, también se traducieron en títulos. Uno no solamente se convierte en leyenda de un club a base de esfuerzo y goles. En 1933 el Everton se alzó con la Copa Inglesa por segunda vez en su historia. Pero la mayor gloria se consigue en los escenarios más desfavorecedores. Poco antes, el equipo había descendido a la segunda división y, lejos de marcharse en busca de más fama y fortuna, Dean permaneció fiel a sus colores. Anotó más goles que partidos jugó en la segunda categoría y el equipo regresó a la élite con más fuerza. Muchos de aquellos goles fueron con la cabeza, y fueron los que le hicieron más famoso, pero Dean contaba, además, con un cañón en la pierna derecha. Quizá por ello, cuando, con sesenta y nueve años, tuvo que verse forzado a la amputación de la misma, alguien llegó a sugerir que ella extremidad no podía quedarse en manos de la ciencia sino que debería formar parte de un museo futbolístico.

El declive definitivo le condujo a la ciudad de Asthon. En la pequeña ciudad inglesa aún le recuerdan con cariño. Jugó un par de años, lento y pasado de peso, pero lo hizo por amor y diversión. Y por seguir siendo un padre para los más jóvenes. Antes, justo después de abandonar el Everton, se había enrolado en las filas del Sligo Rovers, un modesto equipo irlandés al que condujo a ganar el doblete en 1939. Era una muesca más con la que engrosar su leyenda. Aunque la verdadera leyenda la había escrito nueve años antes, cuando el Everton había descendido a segunda y Dean se había negado a abandonar el equipo a pesar de contar con numerosas y cuantiosas ofertas para permanecer en la primera división inglesa. Allí descubrió el lado más oscuro del fútbol; jugadores renegados por haber perdido el tren que jugaban con fiereza y pocas miras. Dean recibió mucho a lo largo de su carrera, pero era tal su ímpetu que jamás consiguieron amilanarle. Es más, cuanto más le pegaban mejor jugaba. Una personalidad tan brutal que caló en lo más hondo de los aficionados rivales. Una vez preguntado Bill Shankly por Dixie Dean, dejó claro su posición: "Fue, sin duda, el mejor delantero de la historia".

Un delantero que dejó una marca de trescientos diez goles en liga inglesa aún no alcanzado hasta el día de hoy. El tipo que, cuando ganaba títulos, dejaba su impronta y se hacía valer por encima de sus compañeros. Aquellos que le llamaban "Dixie", primero en tono despectivo y más tarde cariñoso, al ser su parecido físico al de los inmigrantes de color llegados de norteamérica en los años de la depresión y que eran conocidos como dixies por el populacho inglés. Aquel hombre de tez morena y pelo ensortijado, ganó casi en solitario la FA Cup de 1933, anotando al menos un gol en todos los partidos, incluído el doblete de la final ante el Manchester City. El hombre que, mientras anotaba goles, iba haciendo gala de su personalidad y sus principios, siendo uno de los pocos futbolistas que, en el amistoso disputado en Alemania ante el Colonia, se negó a realizar el saludo nazi cuando las autoridades germanas aparecieron en el palco.

Realmente nunca le gustó el apodo de "Dixie", más que nada, porque cada vez que se lo decían, notaba más desprecio que cariño en la palabra. Siempre le gustó pelear contra lo que no le gustaba y, casi siempre, fue capaz de lograr sus retos. Se apostó a anotar un gol en cada partido internacional jugado con la camiseta de Inglaterra y logró dieciocho tantos en dieciséis internacionalidades. Se apostó a batir el record de goles en una temporada y si para ello era necesario anotar nueve goles en las tres últimas jornadas, lo hizo después de marcarle dos al Aston Villa, cuatro al Burnley y tres al Arsenal en una épica jornada final. Y, sobre todo, se apostó con si mismo el seguir viviendo después del terrible accidente de moto que le tuvo inconsciente durante treinta y seis horas.

Un accidente tras el cual, los tabloides, ávidos de carnaza, llegaron incluso a anunciar su muerte. Pero él regreso de entre los muertos y en sus primeros partidos le anotó un gol al Arsenal y otro al Newcastle. El depredador había vuelto y ahora era más fuerte porque no le tenía miedo a nada. Otro mito de los banquillos ingleses, Sir Matt Busby, declaró después de su retirada que "jugar contra él era al mismo tiempo un placer y una pesadilla". Placer por ver jugar al mejor. Pesadilla por tener que sufrirle.

Cuando la liga inglesa introdujo los números en la camiseta para distinguir las posiciones de los equipos, Dixie Dean se convirtió en el eterno número nueve del Everton Football Club. Eternidad definitiva que alcanzó después de aquella gloriosa jugada en la que coronó con un espléndido cabezazo un imperial centro de Alec Troup. Con aquel gol al Arsenal firmaba su diana número sesenta y, aunque la afición ya había celebrado el título de liga un par de jornadas antes, Goodison Park estalló de júbilo al comprobar como su jugador fetiche era capaz de batir un record aún hoy inalcanzable. A su retirada, estableció otro record casi imposible, al sumar trescientos cincuenta y tres goles en doce temporadas. Una media de veintinueve goles por temporada. Una barbaridad.

Tal magnitud alcanzó su fama que la estrella del beisbol americano, Babe Ruth, solicitó conocerle en persona. Cuando se vieron se admiraron mutuamente. Era muy difícil no admirar a Dean. Un tipo duro que apenas sufrió lesiones dentro del terreno de juego y que fue capaz de jugar tras dos graves incidentes. En 1999, en votación popular, fue elegido como el mejor futbolista de la historia del Everton. La gran mayoría de los que le eligieron no le habían visto jugar, pero resultaba imposible resistirse a la épica de las historias que les habían relatado sus abuelos.

Porque Dean, además de futbolista fue leyenda y personaje público. Generó dinero en una época donde el amateurismo impedía a los jugadores enriquecerse. El Everton pagó la friolera de tres mil libras de la época para hacerse con sus servicios. Y lo hizo fichándolo de un equipo casi de regional. Más tarde, cuando ya era una celebridad, se convirtió en hombre anuncio. Famosa durante décadas fue su frase para una marca de cigarrillos: "Los jóvenes futbolistas no se quejarían de que fumar interfiere en su aptitud su fumasen cigarrillos Wix". Cómo ha cambiado el mundo.

Y cómo había cambiado la historia. El niño que durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, había repartido cigarrillos en las casas de los soldados que marchaban a filas, ahora era el hombre que se encargaba de hacerles publicidad. Era la trascendencia del ídolo. El mismo que, a día de hoy, está inmortalizado a las puertas de Goodison Park en forma de estatua de bronce.

Pero no solamente en Goodison impartió cátedra. Lejos de allí, y siendo un juvenil prometedor, se enroló en las filas del Tranmere Rovers tras su adiós al equipo de su infancia. No hubo tiempo de derrochar lágrimas y sí de anotar más goles. El equipo estaba en la parte baja de la tabla cuando él llegó. Treinta partidos después y veintisiete goles mediante, el equipo ascendía de categoría. Todo un ídolo de carne y hueso. El ídolo que visitó Goodison por vez primera en 1915 y se hizo una promesa. Tenía ocho años. En diez más, a mucho tardar, debía volver allí. Esta vez como futbolista. Y lo cumplió. Lo hizo con creces, tanto que casi un siglo después fue uno de los primeros futbolistas en ingresar en el salón de la fama del fútbol inglés.

Porque lo suyo era fama casi mundial. Tanto pánico generaba en los entrenadores rivales que decidían, casi por unanimidad, un férreo marcaje indiviual sobre él. Famosa fue aquella vez en la que un defensor no le dejaba ni respirar y se giró para decirle; "Oye, me voy a mear ¿Te vendrás conmigo?". Era el carácter de un tipo forjado en las fábricas de ferrocarril donde trabajaba duro durante toda la noche para, por el día, poder jugar al fútbol y cumplir sus sueños. El carácter del soldado que defendió a su país en la campaña de Italia durante la Segunda Guerra Mundial. El carácter del hombre que pidió que le retirasen la placa de metal de la cabeza antes de tiempo porque quería seguir marcando goles. El carácter del jugador que se hartó de que un espectador le recriminase por su color de piel y le propinó un balonazo en la cara en el transcurso de un partido.

El carácter del chico que rechazó jugar en el equipo de Winrral Ferrocarril porque no quería jugar para aquellos que le pagaban el sueldo por ejercer su trabajo. El chico que creció como futbolista en el Pensby United antes de consolidarse en el Tranmere Rovers previo salto al Everton. El chico que leyó mal la hoja de su contrato y creyó que iban a pagarle trescientas libras semanales cuando tan sólo eran treinta. El chico llamado William Ralph Dean quien, pese a no creerse rico siendo un joven futbolista, luchó más que nadie para, con la ayuda de su talento, convertirse en el mejor jugador de su país.

Se retiró tarde, sobrepasando la cuarentena. Le costó dejar el fúbol. Le costó empezar una vida nueva. Cuando dijo adiós montó un pub en Liverpool que se convirtió en lugar de peregrinación para la hinchada del Everton. Domingo tras domingo tras domingo llenaban el local. Igual que llenaban Goodison en aquellas tardes de gloria donde brindaba goles por doquier. Como en su tarde más famosa. Aquella en la que batió el record que George Camsell había establecido solamente una temporada atrás. El Everton ya era campeón de liga, pero Goodison Park se llenó expresamente para ver a William Dean marcar su gol número sesenta. La tarde en la que el equipo jugó en exclusiva para él y él respondió, como siempre, regalándoles la felicidad suprema. Aquella temporada había comenzado como un cañón y la había terminado como un misil. Anotó en los nueve primeros partidos de liga. Nueve. Anotó nueve goles en los tres últimos partidos de liga. Nueve. La gente aclamaba a su número nueve. Nueve.

Nueve vidas pasarán para que Goodison vuelva a disfrutar de un jugador igual. Muchos, en cambio, se resignan a creer que Dean es irrepetible. Si así fuese pueden estar satisfechos; solamente ellos le disfrutaron.

viernes, 30 de octubre de 2015

Cuando Medina Cantalejo redimió los errores de Byron Moreno

Citar el nombre de Byron Moreno en Italia significa poco más que citar el nombre del mismísimo diablo. Aquel tipo rechoncho que les arbitró en el partido de octavos de final del mundial celebrado en 2002, fue el hombre que cercenó la ilusión de millones de italianos.

Para ponernos en antecedentes, hemos de visualizar aquel mundial más como un escándalo que como una competición deportiva. De no haber mediado Ronaldo, es posible que hoy estuviésemos hablando más de un complot que de un mundial de fútbol. Una de las anfitrionas, Corea, fue pasando rondas hasta alcanzar las semifinales, contando con favores arbitrales tan descarados que resultaría imposible no pensar en una mano negra tras cada decisión. Nosotros ya recordamos sobradamente al egipcio Al-Ghandour y sus drásticas decisiones en perjucio del combinado español. Pero antes de alcanzar los cuartos de final, Corea del Sur se jugó la vida a cara o cruz contra la temible Italia y, contra todo pronósitico, la moneda cayó del lado deseado. Aunque son muchos los que sospechan que aquella debía ser una moneda con dos caras.

Cuando se designó el árbitro para el partido, nadie reparó en el currículum del tal Byron Moreno. Se sabía que era un árbitro ecuatoriano con una corta trayectoria internacional y que, como el resto de colegiados designados para arbitrar en el campeonato, debía tener una inmaculada hoja de servicios. Pero en aquel momento, Moreno ya cargaba sobre sí las sospechas por algunos curiosos arbitrajes dentro de la liga de su país. Ocurrió entonces lo que ocurre generalmente con las cosas que se consideran como banales, se ignoraron. Al fin y al cabo, a quien iba a interesarle un puñado de resultados sospechosos dentro de la liga ecuatoriana.

Lo que ocurrió en aquel Corea - Italia se convirtió en noticia de la crónica de sucesos más que en noticia deportiva propiamente dicha. Byron Moreno anuló dos goles legales a Italia y expulsó injustamente a Francesco Totti al tiempo que permitía que los coreanos se aplicaran con especial vehemencia. En el tiempo reglamentario, el coreano Hwan Jung cruzó un cabezazo a la red y el mundo comtempló, con asombro, como la cenicienta se cargaba a una de las grandes favoritas.

El recorrido de Corea del Sur en el tornero fue a más a costa de una nueva víctima y los rumores sobre la teoría de la conspiración se convirtieron en un globo sonda que alcanzó a los más altos estamentos del fútbol. El problema fue a más cuando el propio Byron Moreno reconoció errores puntuales a lo largo de su carrera, pero en aquel momento, el ya exárbitro se había convertido en un esperpento y en un personaje creado desde sí mismo, declarando desde un frío calabozo después de haber sido detenido por tráfico de drogas.

La historia de la selección italiana, lejos de paralelizar con la de Bayron Moreno, continuó en la preparación para el siguiente mundial. Fue un borrón y cuenta nueva; a rey muerto, rey puesto. Olvidada Corea, quedaba Alemania. Y en Alemania se plantó Italia después de una cómoda fase de clasificación con Noruega y Escocia como principales rivales. En diez partidos cosechó siete victorias con diecisiete goles a favor y ocho en contra. Números discretos de un grandísimo favorito pero un trabajo bien hecho. Volvía la Italia favorita de toda la vida.

La primera fase no tuvo demasiada historia. Fiel a su estilo, el equipo ganó dos partidos y empató uno. Pasó primera de grupo con cinco goles a favor y uno en contra y fue poco a poco encontrando el equipo con Pirlo como eje timón y Gattuso como perro de presa. La fórmula que había funcionado en el Milan extrapolada a la selección nacional. Tocaba esperar rival y cayó Australia. Parecía un partido fácil, pero tuvo mucha historia.

En realidad la historia del partido fue corta porque tuvo poco fútbol, pero llegado el momento culminante, surgió la figura del español Medina Cantalejo. Para ponernos en antecedentes, debemos decir que el árbitro sevillano se había encontrado muy presionado por los jugadores italianos después de que hubiese decidido expulsar a Materazzi por una dura acción recién comenzada la segunda parte.

Corría el minuto noventa y dos y medio, se habían añadido tres por lo que el partido expiraba. Pirlo puso una pelota fantástica al costado izquierdo del ataque y Grosso entró como una moto ganando la espalda del interior australiano. La jugada se complicó para Australia cuando el lateral italiano no solo ganó la línea de fondo sino que pudo pisar el área. Al rescate acudió Neill, quien cometió el error de ir al suelo demasiado pronto. Aquella muestra de impaciencia del lateral australiano fue aprovechada por Grosso para ir al suelo nada más ver como la espalda del número dos de Australia resbalaba en dirección a sus piernas.

Hubiese sido una juagada complicada de pitar en el caso de que el árbitro estuviese mal colocado. El problema es que Medina Cantalejo seguía la jugada de cerca y no dudó un instante en señalar la pena máxima. Los australianos no protestaron demasiado, quizá en una demostración de carácter menos racial, de haber dsido la decisión tomada en el sentido contrario, seguramente el carácter latino se habría comido al colegiado. O quizá era que ya le había comido el carácter desde el momento que había decidio expulsar a Materazzi y en el fondo sentía que les seguía debiendo una. Y se la cobró.

Totti anotó el penalti con la seguridad del genio y Medina Cantalejo pitó el final de manera casi inmediata. Italia pasó de ronda y allí se encontró con Ucrania a quien ganó cómodamente por tres goles a cero en una noche mágica de Luca Toni. Después llegaron la inolvidable prórroga ante Alemania y la mano salvadora de Buffon en la tanda de penaltis contra Francia. Italia se proclamó campeón veinticuatro años después y fueron muchos los que se asombraron de la capacidad competitiva de tipos como Cannavaro, Gattuso o Camoranesi. Pero fueron pocos los que se preguntaron qué hubiese pasado si Medina Cantalejo no hubiese pitado aquel penalti en el tiempo de descuento del partido que les enfrentó a Australia. Un partido que hubiese ido a la prórroga contra un rival más entero y afrontando media hora más con un hombre menos.

Pero el fútbol siempre da otra oportunidad. El ciclo del deporte da más revanchas que el de la vida. Podía haber sido Totti el que hubiese redimido los errores de Byron Moreno con un golazo desde fuera del área, o Luca Toni con un cabezazo o el propio Pirlo con una falta majestuosa. Pero hubo de ser otro árbitro el que hiciese justicia poética. Desde entonces Australia también busca una redención, pero en cada deporte existe un gobierno y unos ciudadanos. Italia es de los que gobiernan y quienes mandan, generalmente, tienen más oportunidades de llevarse el premio.

martes, 20 de octubre de 2015

El lado oscuro de la expectativa

Una expectativa demasiado alta implica un gran grado de mentalización. El gen ganador vive en la institución antes que en el jugador. El futbolista sabe, por activa antes que por pasiva, hasta donde pueden llegar las limitaciones y hasta donde le pueden llevar las exigencias. Para los grandes retos se necesitan grandes cabezas, solamente quien sabe lidiar con ello sabrá atesorar su talento porque para ganar hacen falta dos cosas; ser muy bueno y ser consciente de que lo eres.

Decía aquella manida frase de la no menos célebre película de superhéores que un poder conlleva una gran responsabilidad. En el deporte colectivo, poder siginifica dinero y este se otorga en pos del palmarés, las aspiraciones reales y la masa social. Teniendo en cuenta que nuestro campeonato ha estado gobernado durante el último medio siglo por dos gigantes con puño de acero, resulta extremadamente peligroso considerar como alternativas serias a aquellos equipos que, pese a su buen desempeño en tramos concretos de una temporada, aún no se han medido en la verdadera grandeza durante más de cinco temporadas consecutivas.

Para Villarreal y Celta, este principio de temporada está sirviendo como recompensa a un trabajo excelentemente planificado. Suele decirse, y además es tan cierto como que el tiempo pasa y el agua es líquida, que cuando las cosas se hacen bien suelen obtenerse buenos resultados. Estos dos equipos apostaron desde un principio por varias premisas a la hora de implantar su crecimiento; talento, paciencia y apuesta por futbolistas de progresión. Por ello, resulta reconfortante ver a tipos como Nolito, Orellana, Nahuel o Trigueros, trenzar jugadas de ensueño porque en su ilusión y su talento vive la verdadera esencia del espectáculo. Gustarse para gustar.

Jugar con red aumenta la confianza y desarrolla la intuición. Villarreal y Celta saben que, en caso de caer a las posiciones intermedias de la tabla, no habrá una voz que reproche su intento ni una letra que exija un palmo más de terreno. Para otros equipos, sin embargo, el error se convierte en una amenaza acusatoria de difícil digestión. Todo lo logrado pasa siempre a ser pasado y la exigencia se centra en lo pendiente por lograr. Valencia y Sevilla, por ejemplo, han debido aprender a vivir en el filo del alambre; se les exige ganar como si fueran los mejores y nadie perdonará sus errores cuando jueguen como los peores. Sus casos son explícitamente genuinos pues ninguno de los dos tiene un palmarés de órdago y, sin embargo, han generado una expectativa tan brillante que, a poco que escalaron la montaña, se les exigió llegar los primeros a la cima.

Mucho más traumático está resultando el ejercicio de transición para Sevilla y Valencia. Ambos equipos vienen rebotados desde el fracaso después de haber conocido el éxito. Una vez han vuelto a acostumbrar a sus fieles a los puestos nobles de la tabla, se les ha vuelto a etiquetar con el cartel de favoritos a todo. El error consiste en creer que el nombre del envase vale más que el contenido. Ambos equipos, instituciones acostumbradas al éxito relativo y a la pelea constante, han visto, de golpe, como un aluvión de elogios se han precipitado sobre su condición. Llevarse a engaño es la manera más vil de engañar a quien realmente te exige. Las aficiones de Sevilla y Valencia exigen, por encima de todo, esa dosis de esfuerzo extra que permite a los terrenales codearse con los dioses del olimpo. Cuando aparece la exigencia extrema es cuando aparecen las dudas. Ante la vicisitud existen dos lugares comunes. Competir contra uno mismo y competir contra los demás. Siempre una opción por delante de la otra. Si se olvidan las esencias se olvidan las necesidades.

En un lugar más incierto se encuentra el Atlético de Madrid. Durante años se reconoció en sí mismo como un equipo contra el que jugar era un dolor de cabeza. Su centro del campo apretaba en cada lance y su defensa era firme como el hormigón. Cuando había dudas, siempre aparecía el delantero de turno para poner las cosas en su sitio. Reinventarse obliga a cambiar conceptos y a vivir fuera del costumbrismo. Para un equipo con unos automatismos establecidos, cambiar parte del equipo titular, supone un nuevo reto ante el que hay que demostrar arrojo y confianza. Cuando una de los dos obligaciones fallan, es cuando se encuentra un equipo indefinido. Y la indefinición es lo que menos conviene hoy en día a un equipo que cree haber olvidado el desierto y creyó haberse establecido para siempre en el oasis de la felicidad.

La expectativa tiene un lado oscuro sobre el que hay que saber salir con valentía. El arrojo y la fé en uno mismo es el mejor motor para seguir hacia adelante. Si en el momento del primer tropiezo creemos que hemos errado en todo y hemos defraudado todas las esperanzas depositadas en nosotros, es porque en el fondo no somos capaces de afrontar el reto. Todo cambio requiere paciencia, la paciencia invita al trabajo y el trabajo bien hecho suele generar resultados. Y nada es más satisfactorio que hacer algo sabiendo que nadie te va a reprochar por no haberlo intentado.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Monsieur

No hay mejor ejercicio para la emoción que evocar la nostalgia. Disfrazamos la añoranza de deseo y nos ponemos a recordar aquellos momentos que, en nuestra infancia, nos encontraron con los ojos bien abiertos y el corazón encogido. Para un aficionado al fútbol no hay mayor motor pasional que recordar aquellos tiempos en los que, siendo un niño, descubrió a sus futbolistas de fantasía.

El día que España jugó la final de la Eurocopa de 1984 yo tenía ocho añitos y aún no sabía que en el ámbito deportivo internacional éramos un país de muchos sueños y más derrotas. Por ello, aquel partido se había convertido en un acontecimiento capaz de paralizar a todas las ciudades del estado. Yo, de fútbol, sabía de mi afición al Atleti, de mi simpatía por la Real Sociedad, que el Athletic era el mejor equipo de España y que Santillana saltaba más que nadie. También hablaban de Arconada como un ser casi mitológico; un pulpo de ocho brazos capaz de detener disparos a bocajarro con la agilidad de un gato montés.

Precisamente fue Arconada quien pasó de héroe a antihéroe en el periodo de tiempo que transcurrió entre el minuto cincuenta y cinco y el cincuenta y siete. El árbitro concedió una falta al equipo francés, el meta colocó mal la barrera y el número diez lanzó el balón, suave, por el palo del  portero. Lo que parecía una parada fácil se convirtió en un estigma que persiguió durante toda su carrera al que probablemente haya sido uno de los tres o cuatro mejores porteros de nuestra historia. Pero la historia, más allá de los errores, se escribe en base a los grandes aciertos y nadie para embellecer el logro como los jugadores de época.

El tipo que lanzó la falta, el que vestía el número diez, es uno de los futbolistas más elegantes que ví en mi vida. Quizá sean muchos lo que le identifiquen con ese señor algo pasado de peso y sonrisa bobalicona que se sienta en el palco de las grandes finales en calidad de presidente de la UEFA. Pero antes de dirigir desde los despachos, dirigió desde el césped como un mariscal de campo. Platini recibía en tres cuartos, levantaba la cabeza y la jugada, como por arte de magia, terminaba despejándose. Para él no existían secretos, para él no existía un estadio imposible de conquistar.

Fue cisne de belleza incomparable en Nancy, reeditor de éxitos en Saint Ettiene, estrella mundial en la Juventus y punta de lanza de una selección francesa que ganó pocos títulos pero conquistó el corazón de millones de espectadores. Aquel equipo jugaba casi de memoria, con tres centrocampistas de corte ofensivo y un delantero con cuerpo de centrocampista. Ya lo dijo en una ocasión: "No soy un nueve, pero tampoco soy un diez. Soy más bien un nueve y medio". Quizá aquella calificación, aparte de definirle estratégicamente, también podría definirle como futbolista porque él fue siempre un jugador sobresaliente.

Manejaba el espacio como pocos, sabía llegar desde atrás, casi siempre indescifrable, manejaba el arte del remate a la perfección. En los tiempos de gloria del Calcio, salió máximo goleador en tres ocasiones. Pero más allá de su capacidad de golear, Platiní destacaba por su capacidad para gobernar. Y es ahí donde se talla su incomparable figura como jugador. De una técnica exquisita, Platini aparecía para hacerse dueño de la pelota cuando su equipo más lo necesitaba. En aquella Juve de Trapattoni, quizá la mejor de la historia, se hicieron famosas las victorias por un gol a cero. Aquellos logros seguramente no hubiesen sido posibles sin la presencia del número diez francés. Él era quien atraía a los rivales, quien escondía la pelota, quien distribuía el juego y quien, cuando el defensor rival menos lo esperaba, aparecía en el área para ejecutar el partido con un gol casi siempre de bella factura.

Como los productos realmente extasiantes, el fulgor de Platini se apagó antes de lo que nos hubiese gustado. En 1987, con treinta y dos años, y dos temporadas después de haber sido galardonado con el último de sus tres balones de oro, decidió dejarlo todo y pelear por su sueño de presidir la FIFA. El Platini de los despachos es un hombre recio y no exento de polémica. Como a nosotros nos gusta el fútbol por encima de las corbatas, recordaremos por siempre a ese futbolista que era capaz de levantar de su asiento a todo un estadio. Y esas cosas, en realidad, son propiedad privada de los elegidos.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

El penúltimo milagro

El fútbol se parece demasiado a la épica como para no encumbrarlo en hipérboles y elegías. Uno habla de futbolistas y los compara con semdioses tan sólo porque son héroes de carne y hueso que logran, con un momento mágico, asombrarnos y, en el mejor de los casos, colmar toda nuestra felicidad al ser los precursores del hechizo que todos imaginamos en sueños.

Los milagros, en fútbol, se recuentan en paradas imposibles y en goles inesperados a última hora. Hay otros de igual belleza pero menor intensidad, como cuando un pez chico se pone el mundo por montera y le da por merendarse al grande. Pero como aquí, igual que en la vida, el poderoso caballero es aquel que pone las piezas en su lugar, al final, como en los malos cuentos, el poderoso termina siempre comiéndose hasta el tuétano del hueso de las perdices.

Los grandes equipos viven de grandes actuaciones. Los mejores jugadores, a su vez, son aquellos que anotan el gol decisivo en el momento clave. Si de milagros hablamos, será imposible de olvidar para aquellos que lo vimos, aquella casi improbable remontada del Liverpool ante el Milan en la final de la Copa de Europa de 2005.

Tras una primera parte dominada de cabo a rabo por el Milan y con una exhibición de Kaká como pocas veces se había visto a un futbolista en un escenario similar, el Liverpool se aferró a sus historia, a su afición y a su momento para dibujar una hazaña cuyos ecos aún resuenan en la memoria de los mejores aficionados. Y sin embargo, aquel milagro de Estambul no hubiese sido posible de no haber mediado, unos meses antes, otro milagro, perpetrado a orillas del río Mersey y cuyo protagonista fue el gran Steve Gerrard. Fue por cosas como aquella por lo que le terminaron apodando "El Dios de Anfield".

En un grupo que se le terminó complicando, el Liverpool se enfrentó a Mónaco, Olympiakos y Deportivo La Coruña. No era un grupo sencillo y el Liverpool no era, ni mucho menos, el gran favorito. El Mónaco, finalista de la anterior edición, se destacó desde el principio y el Depor, semifinalista también en 2004, terminó desinflándose antes de tiempo. El segundo puesto quedó en disputa, pues, entre Liverpool y Olympiakos. Los reds venian dando una de cal y otra de arena. Habían perdido en Atenas y, para poder pasar a la ronda clasificatoria de octavos de final, debían vencer a los griegos por dos goles de diferencia. Aquella era una empresa complicada.

El Olympiakos era un equipo capitaneado por el incombustible Djordevic y donde jugaban los ex azulgrana Rivaldo y Giovani. También jugaba Gabi Schurrer, viejo conocido de la afición española, y algunos buenos futbolistas locales como Stoltidis y Anatolakis. No era el mejor equipo de Europa pero tampoco un equipo fácil de golear. Menos aún para un Liverpool que llegaba plagado de dudas y con la espada de Damocles balanceando sobre la cabeza de Rafa Benítez.

Benítez había llegado a Liverpool como el salvador después de la tormentosa estancia de Houllier, cargada de luces y sombras. Sin embargo, tras sus primeros meses en el equipo, el globo se había desinflado y, ya en noviembre, solamente le quedaba la Champions como tabla de salvación. Y aquella salvación pasaba por ganarle al Olimpiakos y hacerlo por más de un gol de diferencia.

La empresa se complicó bastante cuando Rivaldo anotó el cero a uno en el minuto veintisiete. Había que hacer tres goles y el equipo no estaba jugando demasiado bien. Con ventaja por la mínima se llegó a descanso y hubo quien pensó que era el momento idóneo para regresar a casa, tumbarse a lo calentito y olvidarse del fútbol al tiempo que se ahorraba la media hora de rigor atrapado en el atasco de salida del estadio.

Nadie imaginaba que el equipo que saldría a jugar en la segunda parte sería mucho más intenso, mucho más convencido, mucho más identificado con la afición. Sinama Pongolle apenas tardó dos minutos en anotar el empate y de ahí hasta el final el partido se convirtió en un acoso constante sobre la portería de Nikopolidis. Todo parecía perdido hasta que Mellor, a diez minutos del final, anotó el dos a uno. Quedaba una decena de minutos y la impresión de que la épica podía llegar a escribirse. Pero nadie imaginaba quien sería el héroe que completase la gesta.

Los héroes, como los padres, aparecen cuando realmente esperas algo de ellos. La mirada de un niño pequeño, siempre busca la mano protectora de su padre cuando presiente que un peligro acecha sobre su aventura. Esa mano protectora que la hinchada del Liverpool encontraría en su verdadero ídolo de masas. La jugada fue larga y algo embarullada. Minutos antes, Steve Gerrard había roto la bola con un disparo fabuloso, pero el español Mejuto González había anulado el tanto por falta previa de Milan Baros. Aquel, sí pero no, aún corría como un runrrún por la grada de Anfield. Por ello, cuando el balón llegó de nuevo al bueno de Steve en el borde del área no hizo sino lo que mejor supo, una vez más. La ejecución fue más ortodoxa pero mucho más eficaz. El obús entró a la izquierda de Nikopolidis que, pese a su buena estirada, no pudo hacer nada por alcanzar la pelota.

La locura, la gloria y la memoria dependen de hechos heroicos como este que acontenció en Anfield. Cuarenta y cinco minutos antes, el Liverpool tenía pie y medio fuera de la Champions League. Aquel gol de Gerrard fue la primera piedra de un edificio que terminó forjándose con hormigón armado. Cayeron el Bayer Leverkusen, la Juventus y el Chelsea. Y en la final, cuando todos daban por muerto al equipo de Benítez, los reds se conjuraron para obrar el último milagro. El penúltimo, el que les puso de pie hacia el camino que llevaba a Estambul, ya había obrado forma desde el pie derecho de Steve Gerrard. Sin aquel gol invernal, no hubiesemos dormido arropados por el asombro aquella noche de primavera del año 2005.

martes, 21 de julio de 2015

Illa, Illa

Había un estadio que lo había vivido todo y casi todo había sido lo más grande. Había un público que había aprendido a ganar, a celebrar y a disfrutar. Había una gente que no se acordaba de llorar, quizá porque hacía demasiado que no lo hacían, quizá porque no lo habían hecho nunca. Y hubo un tipo, de aspecto tosco y piernas pequeñas, que les hizo sentir un torrente de emociones. El puño en alto, la garganta desgañitada, el césped como escenario y la carrera frenética como despedida.

El día que se marchó Juanito se nos marchó la infancia. Habíamos crecido pegados a la radio, escuchando goles y remontadas imposibles. Aquellos que lo amaban sintieron el orgullo intacto y la tristeza tan al fondo que no supieron si llorar o no querer nunca dejar de recordar. Los que le sufrimos, seguimos sabiendo que, aún en la rivalidad, el aplauso siempre corresponde a aquellos que miran de cara en la victoria y en la derrota. Juanito tenía arrugas de hombre serio y alma de niño. Hablaba de frente y goleaba como un mago sin chistera; todo inspiración, todo imaginación.

Las piernas arqueadas, la provocación en la sonrisa, el regate en corto, el disparo seco, elegante, curvado, certero. Y pase magistral. Siempre en el momento preciso. Dijeron que era un Guadiana, pero el día que el río llevaba agua era un torrente de genialidad. Le costó hacerse un hueco con la selección y el mundo le conoció con un botellazo que hizo honor a su fama pero no fue justo con su fútbol. Los niños bajaban al barrio con un número siete cosido en una camiseta blanca. Aquel fútbol de entonces honraba a sus héroes. Hoy, mientras observamos la triste despedida de un portero que nos lo dio todo, no imaginamos a Juanito marchándose sin honores. Sin embargo, todos sabemos que de aquel fútbol de patio de colegio no queda ni la educación.


miércoles, 15 de julio de 2015

El Kaiser


Nuestros padres nos hablaban de un tipo que jugaba con la cabeza levantada, que ponía el balón donde ponía el ojo, que barría la zona defensiva y sacaba el balón con elegancia, que disparaba a puerta con frecuencia y con más frecuencia aún realizaba cambios de juego que desorientaban al rival. Excelente toque de balón con el empeine, regate aseado y presencia física. Era tan elegante que amilanaba, nadie quería interrumpir su camino y el barro apenas manchaba su camiseta porque no necesitaba ir al suelo para arrebatar una pelota.

El recuerdo de nuestros padres se vio refrescado por aquello últimos años como comandante en la zaga, pero "El Kaiser" alemán fue mucho más que un extraordinario hombre libre. Cuando jugaba más adelante, era el mejor centrocampista jamás visto hasta entonces. Dotado de técnica, zancada y espléndido toque de balón, el número cinco alemán recorría el campo, de área a área, sorteando rivales con combinaciones precisas. Sabía disparar a las escuadras como el mejor y sabía dejar al compañero, en el área, en la situación más idónea para hacer un gol.

Franz Beckenbauer fue una de las más importantes estrellas en la historia de los mundiales, ese escaparate plagado de purpurina de cuyos sucesos vive la memoria más rutilante del aficionado. En 1966, pese a haber sido obviado por la historia, oculto entre la exhultante condición de Charlton y los asombrosos goles de Eusebio, Beckenbauer fue, posiblemente, el mejor jugador del campeonato. Sólo tenía veintiún años, pero le sobraba jerarquía e inteligencia. Dotado de aquella excelente técnica, poco más le hacía falta de encumbrarse.

En 1970, el primer mundial tecnicolor, nos enseñó a un Beckenbuer a cámara lenta; el hombre que gobernaba el juego y el guerrero sin antifaz que saltó al campo con el brazo sujeto al pecho con una venda para entregar el alma al diablo italiano. Su consagración, ya como defensa libre, se culminó en 1974, cuando un equipo tan eficaz como sobrio, ganó a la gran Holanda en la final y el recién nombrado presidente Havelange, puso la copa de campeón del mundo en sus manos levantandola hacia el cielo en una foto inolvidable.

Terminado su periplo por el escaparate inigualable del campeonato mundial, comenzó su era de tiranía europea como capitán del Bayern de Munich. Aquel era un equipo tan poco espectacular como tremendamente práctico. Un rodillo que ganaba a su velocidad de crucero. Hasta tres copas de Europa levantó aquel que ya habían bautizado como Kaiser. Dos balones de oro y la sensación de satisfacción después de batirse el cobre contra el mejor Borussia Moenchengladbach en el campeonato casero. Un jerarca incomparable, el hombre que aterrizó en Hamburgo para hacerlo campeón y retirarse en la gloria que nunca dejó de abrazarle. Para aquellos hombres que hoy son abuelos, Beckenbauer significó una perfección táctica tal que aún no han encontrado un tipo a quien poder compararle.