lunes, 6 de noviembre de 2017

Estrella fugaz

La fama es, en ocasiones, una estrella fugaz cuya estela arrasa hasta los cimientos de la ilusión. En el recuerdo queda el breve destello, la promesa eterna y el momento mágico de la elevación. Jugar a especular es peligroso porque el futuro es tan incierto como la brasa de un cigarrillo bajo la lluvia; puede durar una calada o puede esfumarse en medio segundo tras las cenizas de la desesperación.

Cuando el infinito Ferguson hizo debutar a Federico Macheda en el primer equipo del Manchester United, los más audaces quisieron adivinar condiciones de hombre boya capaz de bajar la pelota al pasto, aguantar las embestidas y trufar sus condiciones con remates de ensueño. Todas aquellas propuestas se pusieron sobre la mesa aquel día en el que, jugándose la Premier, y acuciado por el resultado, le anotó un gol al Aston Villa en el último segundo. Para él fueron las portadas y para él fueron las promesas. Repitió el chaval siete días más tarde después de anotarle un gol al Sunderland apenas un minuto después de pisar el terreno de juego.

Los aficionados del Manchester se frotaban los ojos y los italianos suspiraban emocionados. Unos creían haber encontrado a su delantero perdido, otros creían haber recuperado el gol. Nada más lejos de la realidad. Las promesas, al igual que el viento, también se las lleva el fútbol. Entre lesiones, malas decisiones y un olvido fraguado a golpe de partidos discretos, la llama se fue apagando poco a poco hasta dar con los huesos de Macheda en el abismo de la mediocridad.

Cesiones, intentos de recuperación y más cesiones hasta terminar perdido en las divisiones inferiores. No funcionó en su Inglaterra de adopción ni lo hizo en su Italia natal. Tampoco le fueron bien las cosas en Alemania y tuvo que bajar hasta Gales para intentar redimirse. Tampoco fue su destino soñado. Hoy en día, mientras añora sus cinco minutos de fama y sigue respondiendo preguntas sobre aquel gol en el descuento, intenta disfrutar del fútbol en la Serie B italiana. Allí, entre gol y gol, entre oportunidad y oportunidad, sigue intentando sentirse futbolista una vez ha llegado a la conclusión de que jamás será una estrella.

lunes, 30 de octubre de 2017

El equipo del mejor

La involución, en el fútbol, no está reñida con el resultado. Más allá del estilo, existen matices singulares que convierten un proceso en un intento y un mecanismo en un juego de memoria. La distinción, más allá de la intención, la aporta el futbolista. Uno puede querer jugar a gustar y se tiene que conformar con el pragmatismo; otros, sin embargo, van muriendo de inanición propositiva mientras siguen buscando la pelota en el pie del equipo rival. Existen infinidad de estilos y propuestas, pero, por el contrario, existen muy pocos jugadores únicos. 

Cuando el Barça perdió a Xavi, perdió una manera diferente de mirarle al mundo a los ojos. Perdió la distinción, perdió la elegancia y, perdió, por encima de todo, la exquisitez de un estilo que le convirtió en modelo a imitar, e incluso a envidiar, por el resto de equipos del mundo. Cuando perdió a Neymar perdió algo intangible que va más allá de la distinción; perdió el canapé de caviar en el cocktail, el toque de distinción que separaba la magia de la monotonía, la arrancada furtiva en lugares de impía necesidad, la burla futbolística sobre un rival domesticado.

 Sin la exquisitez y sin la magia, el Barça se ha visto obligado en convertirse en un equipo cada vez más académico. Iniesta va cumpliendo años y, aunque sigue sabiendo jugar como los ángeles, ha perdido reflejos a la hora de poner en marcha el mecanismo del instinto. Busquets sigue siendo un eje fiable y Rakitic es un peón incuestionable; pero más allá de las intenciones, queda un bonito recuerdo y el aura de unos grandes resultados conseguidos merced a la recuperación de la solidaridad defensiva y, sobre todo, al mantenimiento de Messi en el equipo por encima de todas las circunstancias.

 Más allá del fútbol, de la propuesta y de la constatación, Messi es la prueba viviente de que para ser el mejor hace falta jugar como el mejor. Mira atrás y ya no encuentra la complicidad de Xavi para dibujar un pasillo de profundidad. Mira hacia delante y ya no encuentra la bota de Neymar pegada a la cal, presta a ofrecer un auxilio y desalojar tres fantasmas de un plumazo. Pero él sigue manteniendo la mirada periférica y la cabeza fría. Juega, asiste, apoya, drible, ve, escucha y hace funcionar una máquina cada vez más desengrasada. Y por encima de todo decide. Decide porque así lo quiere, porque pisa el área como un delantero, porque gana la línea de fondo como un extremo, porque maneja los tiempos como un centrocampista. A falta de juego, a falta de velocidad, a falta de un estilo que les vuelva a encumbrar en la cima de la envidia ajena, el Barça se ha convertido en Messi y diez más, y todos parecen sentirse tan cómodos en el rol, que a nadie le extraña comprobar como el equipo de todos se ha convertido en el equipo de uno. En el equipo del mejor.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Lejos del juego



Existe un lugar en el mundo donde la gente nos unimos en lazos de afinidad. En el lugar del sentimiento sobreviven la calma y la histeria, la razón y la locura, el silencio y la palabra, el sueño y la realidad. Más allá de la libertad, existe la conciencia. Más allá de la irracionalidad, existe la cordura y, con ella, ese bendito razonamiento que nos hace bajar al barro y ensuciarnos como animales salvajes.

No existe nada más oscuro que el lado perverso de un sueño. Nada más insano que una pesadilla convertida en realidad. Nada más aterrador que un mal presentimiento. No existe peor razón para llorar que la creencia de una derrota; no existe más sosiego que el aplomo cuando eres capaz de saber que quizá la confianza debería ser el camino más corto para regresar al sendero de la fe.

Durante años hemos aprendido a vivir en un tobogán de sentimientos. Tan es así, que olvidados aquellos tiempos en los que éramos más comparsa que actor principal, nos hemos hecho presos del puño cerrado y el diente apretado. Hemos aprendido que sufrir no significa perder por decreto sino que sufrir es ganar sudando y terminar achicando hasta el alma en el último segundo. Sufrir va más allá del convencimiento, porque sufrir no es dormir como un mártir sino mantenerse despierto aferrado al latido de un puñado de valientes.

Pero el valor del logro es más cercano cuando se busca desde el afán y se encuentra desde el empuje. Es más fácil creer con la pelota que sin ella. Es más fácil saber con el buen juego que ser un ignorante con los ojos cerrados. Todos sabemos, por predicción y por costumbre, que aquel que atormenta a sus seguidores con irracionalidad y mal juego, termina perdiendo la partida porque este póker no admite faroles. Está muy bien eso de que el Atleti es un equipo que sabe estar, que sabe defender y que sabe competir. Pero todos sabemos que cuando ha sabido jugar, todo le ha resultado más sencillo. Todos sabemos que cuando se ha olvidado del juego, a la larga, también se ha terminado olvidando de ganar.

Desde el valor y el sentimiento

La regularidad es esa finalidad tan recetada que acostumbra a ir más apegada al futbolista cumplidor que al talentoso. Lo realmente válido es encontrar un futbolista que aúna ambas cualidades porque, cuando al talento se le asocia el trabajo, es entonces donde encontramos un diamante al que pulir. Pero más allá de las condiciones esenciales, existen otras, más intangibles pero no menos esenciales, que convierten a un futbolista interesante en todo un proyecto de ambición. Porque los futbolistas buenos de verdad, más allá de los detalles, viven de la constancia y de la pericia, del conocimiento y del poder de resolución.

Mikel Oyarzábal es algo más que una buena pierna izquierda. No pierde el tiempo en conducciones absurdas, es hábil con la pelota y sabe que elegir la mejor opción de pase le sitúa en el lugar correcto de la jugada. Como además, es el más listo de la clase, sabe encontrar un lugar en el espacio donde acudir al remate o al desahogo de la jugada. Es fuerte, constante y combativo. Es listo y eficaz.

Durante años, la Real Sociedad se perdió en el limbo de los sueños rotos. Acuciado por las deudas económicas y, sobre todo, por las deudas morales, se despeñó por el precipicio el día que pretendió jugar con la absurdez dándole una patada a la tradición. Tras el periplo por el infierno y el asentamiento en el lugar que le corresponde, aprendió a crecer de la mano del imprescindible Xavi Prieto y sujetado a tipos como Griezmann e Iñigo Martínez. A medida que Zubieta ha ido completando el puzle, el equipo se ha ido convirtiendo en una promesa cada vez más real. Y es que, más allá de los sueños, viven las certezas y más allá aún del fútbol, se sitúa el sentimiento. Si al valor del corazón le añadimos el talento con la pelota, es fácil creer que, liderado por Oyarzábal, la Real seguirá creciendo porque tipos como él sólo se descubren desde el valor y el sentimiento.

jueves, 19 de octubre de 2017

Chus

La clase, ese respeto hacia la pelota que vive entre el empeine y el dedo, corresponde a los tipos que nacen con la calidad bajo el brazo. Esa manera de pegarle, templado, suave, buscando las telarañas, esa manera de pasar el balón al compañero, tocando música, silbando al aire, recitando a ras de césped. Había un tipo que jugaba andando y pensaba corriendo; sus pases, casi a cámara lenta, hacían moverse al equipo de costado a costado, y sus lanzamientos de falta, por contener melodías de seducción, eran un pasaporte permanente hacia el país de los deseos cumplidos. Castellano de nacimiento, castizo de adopción, aprendió la alta competición con una camiseta azulgrana que le tejieron demasiado grande. Cuando regresó a Madrid, casi de vuelta, era más futbolista y mejor pensador. Impartió cátedra y arropó a una hornada de chicos que crecieron a su lado. Cuando la idiosincrasia del club explotó en mil pedazos, le quisieron cargar un muerto que no le correspondía. Terminó despedido y vilipendiado por obra y arte del tipo que mató la esencia de un club que se había forjado desde la pasión. Pero sobre el césped del Calderón, por más que los millones podridos de Gil intentasen tapar el grueso de sus errores, muchos aficionados de bota de vino y bocata de jamón, seguían añorando el temple y la clase de Jesús Landáburu.


martes, 5 de septiembre de 2017

Entre dudas y certezas

Silencio. El alma en pie para aplaudir al genio, la garganta seca para buscar un nuevo trago de realidad, la palabra escondida en el pasado y la rectificación que, por más presurosa que llegue, no deja de ensuciar una verdad que, por culpa del talento, terminó convirtiéndose en mentira. Dijimos, algunos, que Isco no era el tipo peculiar que merecía titulares, que gustaba de la galería, del efectivismo por encima del efectismo y de la condescendencia por encima de la tributación física. Pero resulta que el chico escondía otras seis vidas, que resucitó de entre los incomprendidos y que se destapó como un artista de festival. Más allá de la sospecha se encontraba un jugador de verdad, más allá del presente se vislumbra un futuro cargado de highlights.

Inquietud. Al aficionado del Barça le puede el desasosiego, se le infecta el alma ante la duda, se le
contrae la mirada, sueña con lo que ya no es. Vive arropado en la nostalgia y se niega a creer que quien fue adalid del fútbol planetario se vaya condenando, poco a poco, a convertirse en comparsa de su mayor enemigo. Lo peor, más allá de la incertidumbre, es que aún queda cera y aún hay una llama resplandeciendo sobre el umbral de la tristeza. A Bartomeu le comen las verdades y a Robert le come la inoperancia. Han fichado poco y mal y tan solo se decidieron a dar palos de ciego cuando se vieron con la soga anudada en el cuello. Aún al borde del abismo, tienen una esperanza iluminando las sombras como el resuello encontrado al final de una carrera; el clavo ardiendo, la punta del iceberg, es ese fenómeno interplanetario llamado Lío Messi y que ha convertido en viva ilusión los pocos sueños que aún perviven en el ideario del colectivo culé.


Mentira. Así habría de catalogarse el sinfín de interpretaciones que, como consecuencia de la maniobra contractual que efectuó el año pasado Simeone, perpetraron sobre nuestros oídos los dueños de la palabra mediática. Hablaron de traición, de maniqueísmo, de desenlace dramático y de una estacada donde ya nos veíamos cada uno de los aficionados del Atlético. Pero más allá de sus palabras está la palabra de un tipo que no ha empeñado ningún verbo desde que es capitán de la nave rojiblanca. Se ha permitido renegociar su contrato porque él fue quien renegoció todas nuestras ilusiones. En un mundo hiperglobalizado e hipersubvencionado, en la época del fair play, el negocio y los petrodólares, el tipo del traje negro se ha declarado fiel a su causa y nosotros, que no sabemos hacia dónde vamos pero sí sabemos de dónde venimos, nos hemos empeñado en quererle porque, más allá de los valores, de los resultados y de los cánticos a garganta abierta, sabemos que sin él no existiría ninguno de nuestros sueños.

España. Esa roja que nos perdía en debates absurdos, que nos enfrentaba en barras de bar, en
vertederos de papel, en descampados de piedra y arena, nos ha vuelto a unir, más allá de los entredichos, para hacernos saber, una vez más, que sin talento no hay gloria, que sin sentido común no hay resultados y que sin centrocampistas no hay fútbol. Las vicisitudes, esas que terminan colocando las realidades por encima de las aspiraciones, pueden convertirse en el eje de la justicia y hacer que los sueños se despeñen en un acantilado ruso, pero más allá de las verdades, de las realidades y de las aspiraciones, están las percepciones. Está la situación y está, por encima de todo, el balón. Y el balón dice que quiere estar en los pies de Iniesta, que quiere circular entre Isco y Asensio, que sigue enamorado de Silva y que no encuentra mejor cerrojo que el estilo clásico de Busquets. El tiempo colocará un podio y los titulares se encargarán de ensoñar o de jugar al oportunista barato, pero más allá del tiempo, y más allá de Alemania y Brasil, no encontramos una mayor favorita al éxito que la roja de nuestros desvelos.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Cemento en las botas

El tiempo es el único juez capaz de dictar sentencias de continuidad. Es el único ingrediente capaz de
alterar el producto, el único motivo por el que sentirnos nostálgicos, el camino más corto entre el recuerdo y la memoria. El tiempo es tan cruel que cuando queremos añorar los éxitos nos damos cuenta de que aquellos héroes de carne y hueso ahora se han convertido en señores de cartón piedra que apenas pueden dibujar un regate sobre el pasto.

Al Atleti le han pasado muchas cosas buenas durante los últimos seis años. Llegó Simeone y se recuperó el esfuerzo, la fe y la competitividad. El equipo ascendió hacia arriba y se mantuvo en la nube hasta que los recursos y la mala gestión de sus dirigentes le pusieron un palo entre las ruedas. Resulta difícil crecer si están machacando continuamente con un martillo en la cabeza. Resulta difícil consolidarse si lo máximo a lo que puedes aspirar es a jugar con un ídolo caído y varios tipos que, aunque admirables, ya no saben cómo vaciar sus botas de cemento.

El problema más grande que tiene Simeone es tanto de fe como de agradecimiento. Sigue sumido en el mismo sistema de trabajo con el que alcanzó la gloria y sigue confiando en el mismo bloque que le alzó hasta el cielo. Pero el bloque, debido al tiempo y las filtraciones, se desquebraja, poco a poco, como ese insensato ermitaño que sigue pretendiendo sobrevivir a la soledad con un vaso de agua y un mendrugo de pan.

A Juanfran Torres la espalda se le convierte en un erial; cada carrera hacia detrás es una competición consigo mismo y cada cruce tardío es el estío de quien fue primavera y hoy se va convirtiendo en un otoño sin remisión. A Gabi, por su parte, las jugadas le pasan de largo como lo hace la vida con los contemplativos. Duele verle así, porque él ejemplificó el modelo y él ha dignificado cada uno de nuestros sentimientos. Duele verle perder el norte porque sobre su brújula de acero se asentaban los valores de un equipo que picaba piedra como un coloso. Fernando Torres, por su parte, va camino de convertirse en un ídolo caído por su propia mitificación. No busca, no alcanza, no asusta. Le han ponderado tanto cada gol anotado que aún cree que puede sobrevivir a base de rentas y escudos protectores, pero la realidad es que, con él en el campo, el equipo juega con menos profundidad y menos mordiente, y esos son dos pecados que, generalmente, te condenan al infierno.

Podría, y debería, ser un renovarse o morir si los dos tipos que dictan los designios del club no se hubiesen empeñado en emponzoñar el trabajo, digno e impoluto, de un cuerpo técnico que ha devuelto al equipo al lugar que le corresponde. No se puede fichar y ni siquiera se puede aspirar. No hay un nueve porque vendieron a todos los que funcionaron, no hay un mediocentro porque obviaron el momento en el que Tiago dijo adiós a las armas, no hay un fantasista porque el equipo se ha acomodado en la trinchera y prefiere verlas venir antes que recurrir a la heroica.

Poco a poco, paso a paso, partido a partido, el tiempo va dictando sentencias de continuidad, va alterando el producto y nos va haciendo confundir recuerdo con memoria. Hay mimbres, sigue habiendo sueños y, sobre todo, el futuro sigue estando en manos del principal valedor moral de la hinchada. Lo único que falta es que el tipo que nos devolvió al cielo se decida a cambiar el chip y que el mes de enero, amén de Vitolo, nos regale un nueve competente. Igual así, con juventud, renovación y ganas, el equipo deje de hacer ridículos tan espantosos como el que perpetró el sábado frente al Girona.

miércoles, 16 de agosto de 2017

La edad de los excesos

Los 90 fueron los años de la alegría y del todo vale. Ningún país tan dispar como Italia pudo haber sido la cuna perfecta del blanqueo y la especulación. Ante la llamada del dinero fácil, grandes empresas surgidas de la nada se convirtieron en imperios todopoderosos y que mejor lugar común que el fútbol para marcar músculo y repartir felicidad. 

A la sombra de la improbable Parmalat, creció un equipo que, de la noche a la mañana pasó de pequeño a gigante. En aquel Parma jugaban campeones del mundo, grandes promesas y firmes candidatos al balón de oro. Todo era felicidad durante el año aunque en el momento decisivo el equipo no terminase de dar el paso definitivo. Con un par de Uefas y una Recopa en su palmarés, el Parma, como outsider imperfecto, no terminaba de dar el paso definitivo en el Scudetto, siempre por detrás de la Juventus o el Milan de turno. 

Algo parecido le ocurriría a Hernán Crespo. Técnico, veloz, coordinado y trabajador como pocos, se veía siempre relegado por el eficiente Batistuta en el corazón de los argentinos. Por todo ello, cada enfrentamiento ante un gigante significaba, para Parma en general, y para Crespo en particular, un momento idóneo para la reivindicación. Nada podía hacer más felices a los parmesanos que ver como una contra desarbolaba al mejor equipo del mundo y como su delantero estrella, Valdanito Crespo, rompía en añicos la cintura del gran Ciro Ferrara.

martes, 4 de julio de 2017

El cambio alemán

Aprender a perder es el paso primordial a la hora del regenerarse en el aprendizaje. Uno cree siempre saber hacia dónde va, pero muchas veces olvida de donde viene. Bien por comodidad o bien por altivez, solemos renunciar al aprendizaje por el mero hecho de sabernos poseedores de la fórmula mágica. Si algo funciona para qué cambiarlo, nos dicen. Y así, mientras vamos azotando el aire con nuestros palos de ciego, tardamos demasiado tiempo en comprobar como quienes sí han hecho... los deberes terminan por adelantarnos y proyectarnos con un severo golpe en la cabeza.

Por ello, contar con un plan alternativo, no solamente supone una ventaja contra el conformismo, sino que nos sitúa dos pasos por delante de nuestros enemigos a la hora de encarar futuras afrentas. Algo así debió pensar Joachin Low después de ser vencido por España en sus últimos enfrentamientos trascendentales. El estilo, ese librillo tan saludable al que recurrir en caso de emergencia, no sólo sitúa a los mejores en perspectiva sino que los encumbra en el largometraje de la memoria.

Cuando había perdido todo atisbo de esperanza, cuando las derrotas se hacían eco en la llaga del orgullo y cuando creyeron que mirar atrás era de valientes, fue cuando Alemania dejó de ser Alemania. Y entonces recuperaron la esperanza, y las derrotas hicieron eco en la cicatriz del orgullo y, para ser valientes, miraron hacia adelante. Y España, ese conjunto de pequeños magos y disidentes del contragolpe, se convirtió en un ejemplo, no solamente a admirar, sino también a imitar. Y los laterales empezaron a sentirse centrocampistas, y los defensores sacaban el balón como laterales, y los centrocampistas cambiaron el choque y la conducción por el pase y el desmarque y los delanteros, más dispuestos al juego que al mero resultado proporcional, se vistieron de gala para culminar un estilo que había roto con los cánones de la austeridad.

Y así, mientras ganaron un mundial ajeno después de perder el propio, y tras atisbar un magnífico porvenir en una injusta semifinal parisina, la Mannschaft ha regresado a la gloria en un verano de entreguerras arrebatándole un sueño juvenil a España y un sueño confederado a Chile. Y es que para ganar, no siempre sirve la tradición, pero casi siempre servirá el estilo.

viernes, 26 de mayo de 2017

El equipo por encima del método

La capacidad para asombrar es el recurso exclusivo de los que cuentan con la capacidad de generar
magia. El talento, el trabajo y, sobre todo, el genio, son elementos diferenciadores a la hora de distinguir a los muy buenos de los mejores. Existen en el mundo un ramillete de grandes equipos pero solamente uno, el Real Madrid, ha conseguido alcanzar, a base de inversión y cierta dosis de trabajo, esa excelencia irredenta que lo ha convertido en el mejor equipo del mundo. Un Dream Team en toda la extensión de la palabra contra el que nadie puede competir fuera del campo pero que, en el mismo, sigue ganando batallas gracias a sus dosis de talento y, por qué no, un poquito de suerte.

Y es que, más allá, de la búsqueda infinita, es posible que no exista el equipo pluscuamperfecto. Es por ello que la Juve, próximo rival del Madrid en su camino hacia la leyenda infinita, cuente con el derecho propio, adquirido gracias a un bloque sólido y un ramillete de títulos, a soñar con lo muchos creen considerar como imposible. Porque, aunque en el cuerpo a cuerpo, es posible que los italianos salgan perdiendo, es el valor de la estrategia y la táctica donde puede jugar su carta ganadora.

La Juve ya no es el típico equipo italiano al uso porque, más allá de los tópicos, ya casi no existen los equipos italianos al uso. Desde que el país refundó su fútbol, sus instituciones y su estilo, en Italia se juega un fútbol más divertido y más extemporáneo. Es cierto que muchos equipos carecen de ese rigor táctico que les caracterizó en el pasado, pero este fútbol sin corsés es mucho más lícito y, sobre todo, está sirviendo para que el Calcio vaya creciendo exponencialmente en materia competitiva. Son muchos los que piensan que la Juventus se está paseando en su campeonato año tras año, pero más allá de logro, pervive un trabajo intenso con el que el equipo bianconero sobrevive en lo más alto salvando trampas y quebrantando emboscadas.

Y es aquí donde sobresale la figura de Massimiliano Allegri. Tras la marcha de Conte, muchos temieron al vacío y a la desazón. Pero lo que hizo la directiva juventina fue mover ficha de la manera más inteligente. Para ponderar la figura de Allegri, hace falta viajar unos años atrás en el tiempo. El trece de diciembre de 2011 un Milan en pleno proceso de autodestrucción deportiva, visitaba el Camp Nou para dirimir un duelo, en principio desigual, ante el mejor equipo del planeta. Aquel Barça, liderado por Xavi y coronado por Messi, era una máquina casi perfecta que ganaba por confección y por convicción. Lo que encontró aquel día, ante un equipo venido a menos, fue una tela de araña que terminó por ahogarle. No fue la primera vez que aquel Barça se atragantó ante el Milan en aquella temporada. En el segundo partido del grupo, el Barça tuvo que tirar de arrestos para levantar un partido que se le había puesto a cara de perro y en el cruce de cuartos de final, necesitó de dos penaltis para derribar el muro que había diseñado Allegri. De alguna manera, y sin que el mundo casi no se hubiese dado cuenta, el entrenador italiano había conseguido el antídoto para detener al mejor equipo de la última década. Si Mourinho logró aquella liga fue porque, más allá del método, contaba con los jugadores ideales para conseguirlo.

Es posible que la Juve eche de menos algunos aspectos del método Conte. Es posible que el ex futbolista del equipo sea tipo más metódico y experto en el trabajo anímico, pero nadie puede poner en duda el valor estratégico de Allegri. Un tipo que estudia cada enfrentamiento como una partida de ajedrez y que sitúa sus piezas en el tablero de una manera casi perfecta. El hombre que ha conseguido que el equipo sobreviva a la marcha de sus tres centrocampistas emblema; Pirlo, Vidal y Pogba, y haya sabido recomponer el sistema con jugadores tan dispares como Pjanic, Khedira y Cuadrado. Algo que habla de la versatilidad de su trabajo; el equipo por encima del método y los jugadores por encima de las necesidades. La mala noticia para el Real Madrid es que ya sabe que tendrá que jugar muy bien para ganar la final. La funesta para la Juve es que ya sabe que cuando el Madrid de Zidane ha buscado la excelencia, generalmente la ha encontrado.