jueves, 5 de febrero de 2015

Derby della Madonnina

Herbert Kilpin fue un pionero que amaba el fútbol y que, por motivos laborales, hubo de abandonar Gran Bretaña para establecerse en Turín. Corría el año 1891 y aquel loco deporte que los británicos se habían empeñado en exportar al extranjero, comenzaba a causar filias, afectos y pasiones. Kilpin se enroló en las filas del Internacional de Turín y, poco a poco, fue ganando adeptos a su causa. Fue un buen equipo, pionero en muchos aspectos y germen de los grandes equipos que, en el futuro, reinarían en la capital del Piamonte.

Cuando, en 1898 fue obligado a trasladarse a Milán, quedó tan impresionado por la voluminosidad de la ciudad como con el hecho de que allí no existiese ningún equipo de fútbol de aparente envergadura. Empeñado en seguir escribiendo la historia de las grandes ciudades del norte de Italia, convenció a un grupo de paisanos para fundar el Milan Cricket a Football Club. Se trataba de un club deportivo que, en principio, tuvo equipos tanto de fútbol, como de cricket. De esta forma se lograba contentar al grupo de accionistas que receleban de aquel nuevo deporte que se jugaba con los pies y a los que, como buenos aristrócatas, consideraban el cricket como el verdadero juego de la clase alta.

Fueron años difíciles, en los que el equipo de Milan hubo de hacerse un nombre, primero en la Lombardía y, más tarde, en el resto de Italia. La historia fue relativamente feliz hasta que, en 1907, los jugadores italianos, que ya eran mayoría en el club, se negaron a que futbolistas no nacidos en Italia vistiesen la camiseta del equipo de fútbol. Fue entonces cuando los británicos que habían pertenecido al Milan Cricket and Football Club, decidieron abandonar el proyecto y fundar el Internazionale de Milano, haciendo referencia al carácter internacional que adquiría el club al aprobar, en sus estamentos fundacionales, que allí sí podían jugar futbolistas extranjeros.

El Internazionale se convirtió, en aquel momento, en el equipo fetiche de la clase burguesa de la ciudad, compuesta, en su mayoría, por industriales británicos que habían viajado por Europa para expandir las modernidades de la revolución industrial que había transformado por completo al imperio británico. De aquella excisión nació un equipo poderoso que se fue cuajando, poco a poco, como un equipo férreo y, generalmente, ganador. No tuvo una afición especialmente ruidosa hasta que, en los años sesenta, arribó al club un tipo bajito y ceñudo de origen argentino. Aquel hombre, que cambió para siempre la historia del club, se llamba Helenio Herrera e hizo condición indispensable que, antes y durante un partido de fútbol, la grada se volcase con pasión en pos de conducir a su equipo hacia la victoria. Los "chicos" a los que tanto aludía Herrera, se convirtieron en los "boys" interistas que, a día, de hoy, siguen haciendo ruido en una de las curvas del estadio de San Siro.

El estadio, bautizado de manera oficial, como Giuseppe Meazza, en honor al hombre que más gloria dio al fútbol italiano, ha vivido, desde su inauguración, en 1926, los mejores éxitos de los equipos de la ciudad, compartido por ambos desde 1947. Los cimientos del viejo San Siro, aún tiemblan con el cántico milanista del invencible equipo de Capello, pues fue el mismo quien estableció el record de partidos sin perder en la Serie A italiana, establecido en 1993 con 58 partidos consecutivos sin conocer la derrota. Lo que supone una liga y media. Dato que da una expresión loable del poder que alcanzó el equipo dirigido por el general de San Canzian d'Isonzo.

Aquel equipo heredó la perfección táctica de uno de los equipo más revolucionarios del siglo XX. El Milan de Sacchi, que ganó menos, pero lo hizo más bonito, cimentó las bases de la roca de Capello. La segunda gran revolución milanista llegó años después, en mitad de una zozobra, y cuando el excentrocampista Ancelotti confió en un joven enclenque para darle la dirección del equipo. Andrea Pirlo, fichado como promesa arrebatadora del Brescia, naufragó estrepitosamente en el Inter de Milán. Sin embargo, en el rival ciudadano, se convirtió en uno de los jugadores más importantes de la historia del fútbol italiano. Y lo hizo formando dupla con Clarence Seedorf, otro hombre que llegó rebotado del Inter tras intentar encontrar un lugar en el mundo. Nada debió doler más a los interistas que ver como su vecino levantaba copas de Europa comandado por dos centrocampistas que no habían sabido jugar a nada en sus filas. Debía ser el sino de un equipo castigado por los proyectos frustrados y las malas planificaciones. Durante décadas, el Inter se convirtió en el equipo maldito del fútbol italiano. Y mientras ellos perdían sin remedio, su gran rival ganaba y ganaba hasta dar la vuelta a la tortilla y remontar la estadística individual. A día de hoy se han jugado doscientos noventa y cuatro derbis con ciento diez victorias del Milan por ciento seis del Inter. Igualdad casi absoluta para un enfrentamiento a cara de perro que se inició el día que los italianos renunciaron a cualquier jugador foráneo en el equipo de la ciudad. Justo el día en el que ambos equipos comenzaron a odiarse de manera enconada.

Los primeros conatos de enemistad surgieron con la inicial superioridad del Inter. El futbolista italiano de principios de siglo tenía brío e ilusión, pero aún no entendía el juego como los visionarios británicos. Las estrellas del Inter se paseaban por el césped y ganaban títulos como quien predica palabras divinas. El cero a cinco de 1910 escoció tanto a los seguidores del Milan que hubieron de decidir qué camino seguir para conseguir competir contra el vecino fuerte. Con el paso de los años las tornas se igualaron y se vivió una época de esplendor en la que ambos lograron conquistar el continente. Fueron los años gloriosos de Nereo Rocco como entrenador del Milan y Helenio Herrera como entrenador del Inter. Cada uno, a su manera, se apropió del catenaccio como manera de vivir la vida. Equipos especuladores que no regalaban un metro y ganaban partidos en lo táctico y en lo físico. Desde entones, Milán se convirtió en la única ciudad europea capaz de albergar un derbi con dos campeones de Europa.

Semejante caché ha provocado que en ambas escuadras hayan jugado muchos de los que, hasta hoy, han sido los mejores futbolistas del mundo. Si hablamos de la propia Italia, ambos han contado con los dos máximos fantasistas de la historia del país. El gran Giusseppe Meazza cruzó la acera después de anotar cientos de goles con la camiseta del Inter, y más recientemente, aunque con menor fortuna, el inolvidable Roberto Baggio siguió el camino inverso antes de marcharse a Brescia para impartir magisterio sin la presión agobiante de quien devora estrellas a ritmo celestial.

Otro genio incomprendido que vistió ambas camisetas fue el díscolo Mario Balotelli. De corazón milanista fichó por la cantera del Inter para subir como la espuma hasta el primer equipo. Aquella fotografía clandestina con la camiseta del Milan cuando aún era juador neroazurro, marcó su destino como futbolista. De entonces ahora todo han sido idas, venidas y anécdotas extradeportivas. Un juguete roto que desvaría sobre el césped a pesar de tener todas las cualidades para haber escrito una historia.

La historia que no hizo Balotelli en el Inter la escribió, con letras mayúsculas, el gran Sandro Mazzola. Recordado a día de hoy como el, posiblemente, mejor futbolista de la historia del club, creció con la añoranza de un padre que se marchó para siempre en plena plenitud. Aquella expedición del Torino que se estrelló sobre la capilla de Superga, se llevó decenas de vidas y el recuerdo de un equipo imborrable capiteneado por el gran Valentino Mazzola. Su hijo, criado al amparo de un recuerdo inmortal, se hizo futbolista de los buenos. Escribió, con goles y pasión, las páginas más brillantes de la historia del Inter de Milán. Eran los años sesenta y los dos equipos de la ciudad se repartían copas de Europa como quien reparte papeles en la puerta del metro. Una rivalidad sin límites que se estableció en el tiempo y que se cargó de glamour cuando, expirando la década de los ochenta, ambos equipos contaban con los mejores futbolistas de Europa. Los alemanes Brehme, Matthaus y Klinsmann daban brillo al Inter, mientras que los holandeses Rijkaard, Gullit y Van Basten daban esplendor al Milan.

En el plano de las estadísticas goleadoras, en los enfrentamientos entre ellos en partido oficial, el Milan ha anotado cuatrocientos treinta y nueve goles, mientras que el Inter ha perforado la portería de su rival en cuatrocientas seis ocasiones. De entre todos ellos, los catorce anotador por Schevchenko, están establecidos como el mayor registro goleador individual en el derbi de la ciudad de Milán. En cuanto a títulos, el Milan también está por delante de su vecino, al haber levantado cuarenta y siete copas por las treinta y nueve del Inter.

Tras la excisión, en 1908, se creó la Associazione Calcio Milan, escrita en castellano sin acento y pronunciada como palabra llana en referencia a la manera de citar la ciudad que tenían los ingleses. Desde entonces, ambos equipos se han enfrentado en doscientos once partidos oficiales con setenta y seis victorias del Inter, setenta y tres victorias del Milan y sesenta y dos empates.

Tan mediática es la rivalidad que ha solido trascender hacia otros acontecimientos futbolísticos aunque no sea ninguno de los dos equipos los que ponen algo en juego. En este aspecto, ha sido en los mundiales donde más se ha puesto el ojo en el equipo vecino y en función de los resultados se iba aclamando o defenestrando a unos u otros jugadores. Sirvan de ejemplo los mundiales de 1970 y 1990 como paradigmas de una rivalidad que ha resaltado titulares más allá de los enfrentamientos directos.

En 1970, con una selección italiana fogosa y plagada de calidad, el debate se estableció en la calle una vez que Sandro Mazzola obtuvo la titularidad por delante de Gianni Rivera. Sobra decir qué significaba Rivera para los seguidores del Milan, aunque quizá la palabra Dios resumiese gran parte de ese sentimiento. Ha medida que transcurría el torneo y el rendimiento de Mazzola y Rivera se establecía en altibajos que alternaban los altos de uno con los bajos del otro, toda Italia se echaba a la calle para dirimir un fiero debate en el que se debía establecer quién de los dos debería jugar como punta de lanza en el mediocampo de la selección. Sin llegar a poner sobre la mesa que quizá la mejor solución era que jugasen ambos juntos, se creó un cisma alrededor de su incompatibilidad y la irresolución llegó al propio equipo quien, pese a llegar a la final y eliminar a Alemania en una de las semifinales más agónicas de la historia del fútbol, nunca encontró un claro patrón sobre el que autodefinirse. Con Mazzola, más control. Con Rivera más vértigo ¿Y aquella Italia qué era? Los partidos a cara o cruz establecieron la definición como un equipo al que gustaba jugar al límite de la muerte. Imposible decidir así quien de los dos genios era el merecedor de un puesto en el once titular.

En 1990 el debate se extrapolizó hacia dos selecciones foráneas. Mientras Italia iba pasando rondas gracias a la racha inverosímil de Toto Schillachi, las selecciones de Holanda y Alemania se cruzaron en octavos de final. Aquellos años, los que habían significado el apogeo del segundo gran Milan de la historia, habían mediatizado a los holandeses rossoneros como los tres mejores futbolistas del planeta, Maradona aparte. Aquel decreto no escrito debió escocer demasiado a los grandes alemanes del Inter, relegados, hasta aquel día, a un papel secundario. El partido fue feo, áspero y violento. Ganó Alemania y durante unos días, lo que duró aquel sueño que les condujo hacia el campeonato, Mathaus, Brehme y Klinsmann pudieron olvidar que en el lugar donde se gana el pan a diario habían sido unos segundones y que, en el mejor momento de sus carreras, se habían coronado como los reyes del mundo. Así debieron sentirse los seguidores del Inter mientras observaban como su ídolo levantaba la copa de campeón del mundo mientras las estrellas del equipo rival hacía un par de semanas que tomaban el sol en la playa sin ningún objetivo a la vista.

Fue un mundial, el celebrado en el noventa, disputado en tierras italianas, en plena época de esplendor del Milan de Sacchi. El pionero entrenador de Fusignano había pretendido revolucionar el fútbol exagerando las premisas de antecesores como Menotti o Michels y, para ello, contaba con un excelente ramillete de futbolistas prestos a convertirse en soldados en defensa y artistas en ataque. No era descabellado, por ello, considerar a aquella selección anfitriona como una de las grandes favoritas al título. Pese a lo lujoso del plantel, el equipo no funcionó como una máquina sino que anduvo a aldabonazos sujetándose en arrancadas de Roberto Baggio y goles de Schillachi, dos jugadores de la Juventus de Turín, a su vez, gran rival de los dos contendientes milanistas. El debate se abrió sobre el rendimiento de tipos de alta fiabilidad como Baresi, Ancelotti, Donadoni o el aún imberbe Maldini. A pesar del perfil alto de los soldaditos de Sacchi, tipos de perfil más bajo como Zenga, Bergomi, Ferri o Serena, funcionaron mucho mejor en el campeonato que los excelsos futbolistas del Milan. Aquello hizo rebullir, una vez más, el eterno debate sobre si era más conveniente competir con guerreros o hacerlo con pianistas, como si estos no supieran hacer aquello o viceversa. Los vicios enquistados en la palabra callejera de quienes viven el fútbol como una manera de ser.

Si de maneras de ser hablamos, podemos decir que, durante lás últimas décadas, los equipos se han parecido mucho a quienes han ostentado el poder de dirigirlos. El Milan, lujoso y excéntrico como Berlusconi, el Inter, académico y aburrido como Moratti. Dos maneras de ver la vida; un puente quebrado entre ambas instituciones y siempre el fútbol por encima de las aguas turbulentas. Cuando más negro pintaba el panorama para el Inter, la fortuna, en forma de justicia, llamó a su puerta. El título del año 2007 significaba un portazo con el pasado y un guiño hacia el futuro. Fue al año de las diecisietes victorias consecutivas, el año que barrió a su vecino en dos derbis, el año que pudo ver al que otrora fue su gran ídolo, Ronaldo, arrastrando sus últimos coletazos con la camiseta de un Milan cada vez más apagado.

Aquel equipo ganador fue heredado con Mourinho con una clara misión a corto plazo: volver a conquistar europa. Con los cimientos del equipo forjado en torno a la figura insaciable de Zlatan Ibrahimovic, el portugués, que venía de impartir cátedra en Londres, con todos sus prejuicios y perjuicios, aterrizó en Milán, forjó un equipo rocoso, compitió como en los años sesenta y conquistó la tercera copa de Europa del club una tarde de mayo en Madrid, ciudad a la que viajaría para quedarse y para dejar al Inter sin un patrono con el que seguir conduciendo el barco hacia buen puerto. Desde entonces, una vez más, la deriva. Y junto a la deriva de ambos, la deriva de todo el fútbol italiano, antaño adalid del esplendor y el lujo y hoy en el pozo sin fondo de un deporte que viaja en el tiempo hacia el lugar donde aflora el dinero.

Del esplendor de los años ochenta y noventa nos queda el imborrable recuerdo del Milan que conquistó Europa con dos estilos. Uno, académico y sorprendente, y otro, sobrio y eficaz. Sacchi y Capello, aunque diferentes en el concepto, coincidieron en el estilo en cuanto a dotar al equipo de espíritu defensivo y dejar que, en ataque, los magos cumpliesen con su función. Aquellas finales ante Steaua y Barcelona dejaron dos cuatro a ceros y la sensación de que, cuando la máquina se ponía en marcha, no había un sólo resquicio sobre el que provocar una mínima avería.

Aquel había sido el propósito inicial de Alfred Edwards, socio fundador y primer presidente electo del Milan Cricket and Football Club, cuando secundó la idea de fundar un club deportivo; conseguir que, algún día, aquel equipo se convirtiese en el mejor del mundo. Y a ciencia cierta que lo fue. Y lo fue con creces. Lo fue con Sacchi, lo fue con Capello y lo fue con Ancelotti, en una última etapa de esplendor que abarcó la primera década del siglo XXI y en cuyo auge llegó aquel cero a seis en San Siro el día que Schevchenko y Serginho destrozaron al lujoso transatlántico capitaneado por Vieri y Recoba. De la épica, la mofa y el recuerdo de aquellos grandes partidos han nacido los grandes tifos que, a menudo, han inundado las gradas del Giuseppe Meazza dando un color especial a este duelo de titanes.

Hoy, aferrado a la agonía de un recuerdo, el Milan se debate entre la vida y la muerte dirigido por quien, un día, fue el exitoso goleador que rompió al Liverpool en la revancha de Atenas en 2007. Inzaghi, quien en el área vivió de la intuición y la oportunidad, no está siendo capaz de llevar el barco al puerto de lujo que ocupó en años pasados. El problema, más allá del banquillo, está en un césped plagado de jugadores de segunda fila. Allá donde, hasta no hace demasiado tiempo, hubo estrellas, hoy hay estrellados y tipos que buscan fortuna con una camiseta que les queda grande. Es el ejemplo más palpable de que el esplendor italiano, en cuanto ha fútbol, ha caído a un pozo donde el fondo, por desgracia, se ve cada vez más y más lejos.

Uno de los últimos ídolos que aclamó y odió la Fossa dei Leoni, conocida curva donde se asentan los radicales interistas, fue Zlatan Ibrahimovic. Durante tres temporadas impartió magisterio con la camiseta del Inter después de llegar rebotado de una Juventus que había sido descendida a segunda de manera disciplinaria. Aquel genio de piernas largas y cabeza loca abandonó Milan para ganar la Copa de Europa y se dio de bruces con el fracaso al comprobar como su ex equipo levantaba la orejona después de eliminar al equipo por el que había fichado. Harto de consejos, desplantes y sueños rotos, se marchó de nuevo rumbo a Milán para vestir la camiseta del equipo vecino. Mientras unos se remozaban por el refuerzo, los otros, que comenzaban, una vez más, a convertirse en una caricatura de sí mismos, mascullaban el dolor con el puño apretado y la lágrima candente.

En casos así, uno no puede evitar rememorar a Facchetti y Zanetti. O a Baresi y Maldini. Dos exponentes del One Club Man que vistieron sus respectivas camisetas durante dos décadas y que nunca pusieron el oído en dirección a los cantos de sirena. Tipos comprometidos, eficaces y leales que ganaron el corazón de una hinchada y el respeto de mil aficiones. Cruces a cara de perro y abrazos tras el partido; deporte y corazón. De los verdaderos ídolos llegan, generalmente, los verdaderos gestos.

En 1918, una vez el Milan se hubo recompuesto de la excisión que, por propia voluntad, le había debilitado, humilló a su gran rival ganándole por ocho goles a uno en el resultado que, hasta el día de hoy, es el más abultado en un enfrentamiento entre ambos. Pronto se enconó una rivalidad que, a base de resultados abultados por un lado y el otro, terminó por convertirse en mediáticamente mundial. En honor a la figura de la Virgen María que preside el Duomo de la Catedral de Milán, el enfrentamiento entre ambos equipos se bautizó como derbi de la Madoninna.

Resulta difícil dirimir cual de los dos equipos ha obtenido más grandeza desde aquellos primeros partidos recién nacido el siglo XX. Si hablamos de poder continental, el Milan es, por derecho, el equipo más poderoso de Italia, al haber conquistado siete Copas de Europa por las tres obtenidas por su rival ciudadano. Un Inter que, aun habiendo sido el último equipo italiano en conquistar la Champions, vivió sus mejores tiempos en los años sesenta una vez un ávido empresario llamado Angelo Moratti adquirió el club con el fin de situarlo en la cima del fútbol mundial. Fueron años de esplendor los que siguieron a aquellas contrataciones de tipos como Helenio Herrera, Luis Suárez, Peiró y Jair. Aquellos foráneos, junto a un grupo de excelentes jugadores italianos comandados por los inmortales Facchetti y Mazzola, pusieron patas arriba el concepto clásico del fútbol y ganaron de una manera diferente. Quizá no tan bella, pero sí más eficaz. Más pasional.

Nada que ver con tipos más modernos que han vestido la camiseta de ambos equipos y que no han dejado ningún buen recuerdo en el halo de romanticismo que envolvió a ambos clubes una vez forjaron sus leyendas y se decidieron a mirar atrás para hacer saber a la gente que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor.  Hubo tipos como Mutari o Cassano, cuya experiencia en el rival vecino, tras haber vestido la camiseta propia, no causó el mínimo dolor en alguna de las aficiones, pero si hubo un tipo que cambió el fútbol italiano y se convirtió en objeto arrojadizo por parte de la crítica y la afición ante el mal ojo del Inter de Milan, este fue el de Pirlo.

Pirlo fue un joven valor fichado por el Inter al Brescia para dar fuste a su centro del campo. Tanto y tan bien se habló del jovencito, que toda la responsabilidad del equipo cayó sobre sus espaldas. Dieciocho años y apenas un puñado de partidos en la Serie A. Le situaron por detrás del delantero y le pidieron gol, asistencia, regate y efectividad máxima. Eso en un equipo que hacía décadas que había perdido toda identidad. No resultó extraño que el chico se deprimiese y el Inter terminase vendiéndolo al mejor postor. Este no fue otro que el Milan. Ancelotti, recién nombrado entrenador, supo ver en el chico el tipo que necesitaba para engranar un equipo que aspiraba a ganarlo todo. Y lo ganó todo. Lo ganó todo con Pirlo en el eje del centro del campo, con un fútbol sublime por momentos y con un futbolista que se convertía en referencia del fútbol italiano. Aquel Pirlo por el que los aficionados del Inter no hacían más que comerse los dedos, fue el motor de la Italia campeona del mundo en 2006, al tiempo que fue la brújula que condujo al Milan a una nueva época de esplendor.

Dolor interista el del ver como su rival se iba haciendo con entorchados europeos mientras ellos no pasaban de acomodarse en la zona noble de la Serie A. Nada que ver con aquellos felices sesenta en el que ambos se equipos se tosían mutuamente y se repartían entorchados. Una época en la que Mazzola era el cañón del Inter y Rivera era el bambio de oro de Italia. Esplendor en la hierba.

Los orígenes del Inter se retrotaen a la fusión del Internazionale con la Union Sportiva Milanesa. Aquella fusión, tras la escisión del Milan Cricket and Football Club, tuvo como consecuencia el nacimiento del Ambrosiana Inter, equipo que, según decían, era el preferido del fascio de la ciudad. Aquello no hacía sino arraigar aún más la creencia de que, desde la escisión de ambos equipos, el Milan se había convertido en el equipo de la clase trabajadora, más aferrada a la tierra, y el Inter en el de la Burguesía, más dispuesta a la evolución.

Las anécdotas, política aparte, nunca han sido ajenas al derbi de la Madoninna. Cassano, peculiar personaje donde los haya, no ha sido el único jugador presto a los shows circenses que ha vestido la camiseta de alguno de los dos clubes. En enero de 2010 y después de que el Inter derrotase al Milan por dos goles a cero, el polémico defensa Marco Materazzi se enmascaró con una careta de Silvio Berlusconi poniendo patas arriba, San Siro primero, y toda Italia después. Aquella burla al presidente de la nación, anteriormente presidente del Milan, signficaba una burla a toda la institución. No dejaron de llover críticas y hasta el propio Materazzi hubo de salir a la palestra para pedir un perdón que nunca se sabrá si realmente sentía.

En el crepúsculo de los dioses de los años setenta, una vez que los años dorados habían dado tiempo a la modernidad del fútbol anglosajón, el Inter tuvo un precedente de burla más demoledor que el de Materazzi, y fue en forma de resultado. En el derbi disputado en 1974, el uno a cinco supuso un motivo de vergüenza para un equipo que iba cuesta abajo y que, pocos años después, para regocijo de la parte neroazurra de la ciudad, fue descendido a la Serie B por su implicación en una red de amaños y apuestas ilegales. Aquello fue una puerta para el crecimiento del Inter que nunca llegó a aprovechar. A pesar de verse en superioridad de categoría sobre su rival, el equipo neroazzurro no ganó el Scudetto hasta 1989 tras haberlo hecho previamente en 1980. Y cuando lo hizo, el Milan ya era el gran equipo que hoy, los de mi generación, recordamos con añoranza.

Como con añoranza deben rememorar los más viejos del lugar aquel espectacular seis a cuatro de 1969 el año en el que el Milan, después de llevarse el duelo, levantó su segunda Copa de Europa en una final sin rival tras una mágica noche de Pierino Prati. O mucho más allá en el tiempo, aquellos primeros derbis en color sepia en la que las imágenes rememoran una Ambrosiana Inter muy superior a todos los rivales con los que se iba cruzando, Milan incluido.

El Inferno Rossonero, curva bautizada en San Siro por los radicales del Milan, aún relame heridas de guerra. No han sido pocos los tifos que han inundado los fondos del estadio, ni pocas las pancartas alusivas que han invadido las tribunas del viejo estadio milanés. Esta guerra de gradas se ha contagiado en el campo cada vez que ambos equipos han pisado el césped y se han lanzado a un enfrentamiento furibundo. En juego, más que un resultado, está el orgullo de media parte de la ciudad y eso, lo entiendan o no los contendientes, no se paga con dinero.

En 1949 el Milan le ganó al Inter por seis a cinco en el derbi con más goles hasta la fecha. La postguerra había generado hombres duros, soñadores de una nueva patria e idealistas de un nuevo fútbol. Todas las épocas de esplendor implosionaron en el recuerdo de los aficionados en el último enfrentamiento, hasta la fecha, de ambos equipos. Fue el pasado día veintitrés de noviembre y el uno a uno final fue el fiel reflejo del pobre espectáculo vivido en el césped. Las horas bajas se han apoderado del juego de dos equipos melacólicos, presos de su pasado y sin visos de mejorar a medio plazo. No hace mucho ambos equipos eran dueños de Europa. Los interistas dicen que sin la mano de Berlusconi y su influencia gubernamental, el Milan no hubiese sido la mitad de lo que fue en las últimas décadas. Los milanistas sonríen, sin la influencia judicial, sin Calciopoli, el Inter no hubiese logrado ni la mitad de la mitad de lo que logró durante la última década. Reproches, recuerdos y fútbol. En eso suele basarse una rivalidad. Herbert Kilpin quizo hacer de Milán la ciudad referencia del fútbol mundial. Y, aún no saliendo el plan como lo hubo diseñado, lo logró. Aquel Milan and Football Club fue el origen de un imperio. El imperio de Milán sigue en pie. Dos equipos, tres colores y cien maneras distintas de vivir el fútbol.