viernes, 20 de abril de 2012

Capitán en el milagro

A menudo nos preguntamos qué hubiese sido de nosotros mismos si algún acontecimiento inescrutable se hubiese interpuesto en nuestro camino. Igual que en nuestras reflexiones existen lugares para la imaginación, el mundo está lleno de tipos que crecen agarrados al talento y entorpecidos por una barrera temporal. A Friedrich Walter le frenó la guerra y, aún así, fue capaz de convertirse en leyenda en plena madurez física. Seis años después de su último partido, y cuando todos dudaban de su capacidad para reponerse a las heridas psicológicas del conflicto, el gran capitán regresó a las canchas y lo hizo a lo grande: ganando partidos, anotando goles y dejando una impronta inolvidable. Fritz Walter fue el jefe del fútbol alemán durante tanto tiempo que, años después de su retirada, y hasta la explosión de Beckenbauer, la memoria seguía buscando un sustituto donde solamente había una promesa.

Hoy en día resulta fácil recurrir a nombres tan ilustres como el propio Franz Beckenbauer, o como Overath, Netzer, Schuster, Matthaus y Effenberg; pero probablemente ninguno de ellos hubiese existido como estrella universal sin la aparición de Walter en una Alemania decaída y deprimida. Antes de ser capitán en el milagro, Walter pasó dos años como prisionero de guerra en un campo de concentración soviético y aquello le sirvió para conocer el verdadero valor de los sueños. Regresó al fútbol cuando los tratados dividieron Alemania en dos títeres en manos de los dueños del mundo y solicitó el brazalete de capitán que por derecho le correspondía. En la fría primavera de 1954, la selección de Alemania occidental se concentró en el alpino pueblo de Spiez, junto al Thun, y cocinó un espíritu que les condujo a la leyenda. Fueron días largos, intensos y dolorosos en los que, cada mañana, Sepp Herberger, legendario seleccionador alemán, acudía a la habitación de Walter para ponerle una mano en el hombro y la boca junto al oído para recordarle "ha llegado tu tiempo, Fritz".

Pero el mito de Friedrich Walter comenzó a forjarse muchos años antes de aquella concentración previa al mundial que se celebraría en Suiza. Sus padres, quienes regentaban el bar que había bajo la estructura del viejo estadio Betzenberg en Kaiserslautern, dejaban a los pequeños Fritz y Ottmar jugar en el césped, previo permiso del club, una vez habían terminado los entrenamientos del primer equipo. Lo que en un principio había sido un juego de niños se convirtió en una firme promesa con visos reales de convertirse en una auténtica sensación. Los niños no sólo pateaban la pelota, sino que jugaban al fútbol como los ángeles. No tardaron en formar parte de las categorías inferiores del club y no pasaron muchos años antes de debutar con el primer equipo del Kaiserslautern. Los hermanos, quienes jugarían juntos durante toda sus carreras, se convirtieron en la insignia de un modesto club que apuntaba a perdedor y se convirtió en el dueño del corazón de miles de ciudadanos. En la época en la que Alemania carecía de un campeonato nacional, los hermanos Walter se ganaron el respeto de un país que seguía con entusiasmo, en el periódico del lunes, el devenir de los campeonatos regionales. Y más adelante, cuando Alemania ya era una potencia reconocida con una liga competitiva, Fritz Walter se convirtió en dueño de los designios de su equipo hasta el punto de que el equipo de Kaiserslautern no era reconocido en la prensa como tal, sino como "los once de Walter".

No en vano, el Kaiserslautern ganó sus dos primeros títulos de liga en 1951 y 1953 con Walter al frente de las operaciones. Su larga zancada, visión de juego y llegada a gol le convertían en ídolo de masas y, fuera del terreno de juego, su elegancia y humildad le convertían en el yerno que toda madre quisiera tener. Era tan querido y admirado que en una de las escuelas de la ciudad, un profesor se sentó frente a sus alumnos tras pedirles que redactaran un escrito sobre uno de sus personajes preferidos. Huelga decir que la gran mayoría de la clase optó por hablar de Walter y, sirva como ejemplo de su universalidad, el comienzo de la redacción de un alumno que fue enmarcada en los pasillos del estadio Betzenberg y que comenzaba diciendo que "Fritz Walter fundó la ciudad de Kaiserslautern". Parecía como si el pasado de la ciudad, que se remontaba a la Edad Media, no le importase a nadie y que la vida, la historia y la emoción hubiese nacido el día en el que Fritz Walter vistió por primera vez la camiseta del primer equipo. Pero, tras consagrarse como profeta en su tierra, a Walter le quedaba un último paso; se había convertido en leyenda de su ciudad, aún le quedaba el reto de convertirse en leyenda de toda Alemania.

Y el milagro ocurrió en Berna y fue por ello que todos lo bautizaron así, como "el milagro de Berna". El reto era doblemente duro: por un lado, se trataba de vencer a todos los miedos y, por el otro, se trataba de vencer a la impresionante selección húngara dirigida por Gusztáv Sebes. Alemania, que hasta entonces había mirado al fútbol con desconfianza, reprobándolo por haber sido ese infausto deporte ideado por los ingleses, se convirtió, de la mañana a la noche, en una de las naciones más futboleras del planeta. Y en ello llevan desde entonces. Aquel espíritu de Spiez que se fraguó en las montañas suizas sigue vivo hoy en cada generación de alemanes que se asoman al mundo para competir en el alto nivel. Podrán ser más rudos, más técnicos, más veloces o más físicos, pero lo cierto es que los alemanes son terriblemente difíciles de vencer. Y gran parte de culpa de aquello la tienen aquel grupo de intrépidos alemanes que vencieron al miedo y a Hungría en una final histórica que dejó a todos con la boca abierta. David venció a Goliat porque hubo fe y porque hubo un tipo que les capitaneo hacia la gloria.

El capitán en el milagro se consagró en un mundial y falleció, cuarenta y ocho años más tarde, mientras se disputaba un nuevo mundial en el que Alemania estuvo a paso de volver a consagrar una sorpresa. Mientras la selección alemana más hosca que se recuerda se plantaba en la final del verano japonés, el país lloraba la muerte del primer gran líder de su fútbol. Walter ganó un mundial para alemania y anotó más de trescientos goles a lo largo de su carrera, casi todos ellos vistiendo la camiseta roja del Kaiserslautern. Como para no estarle agradecido. El tributo tuvo nombre y forma de estadio de fútbol. Desde entonces, el viejo estadio Betzenberg, fue bautizado con un nombre de guerra, el de "Fritz Walter stadium". Los monumentos al fútbol son la mejor manera de honrar la memoria de los grandes hombres que escribieron sus páginas más gloriosas con un balón pegado al pie. En el recibidor del estadio, junto a cientos de recuerdos que rememoran los mejores días del club, una estatua contempla al visitante con la mirada firme y un balón junto al pecho. Si alguien se olvida de hacerle una reverencia, estará olvidando la liturgia del respeto. Aquel hombre enseñó a ganar a los alemanes y, desde entonces, el fútbol es un deporte en el que juegan once contra once y siempre gana Alemania.