martes, 11 de septiembre de 2012

Hugol

Había un jugador que jugaba a un solo toque, generalmente en el área, había un jugador que lo remataba todo y casi siempre bien, había un jugador que celebraba goles con volteretas, que inventaba remates acrobáticos, que tenía un cañón en la zurda y un bombardero en la cabeza, había un delantero que chutaba faltas junto al palo y penaltis al centro. Había un jugador que marcó trescientos goles, que jugó más de una década, que ganó varias ligas, que abandonó una orilla para traicionar el sentimiento de un niño que soñó con sus goles en las frías noches de invierno tras el Estudio Estadio del domingo.

Había una camiseta recién planchada y un nueve de escai cosido a la espalda. Había un escudo colorido, con varias rayas verticales, un oso y un madroño sombreado que reptaba en busca de un sueño. Hubo un sueño que cambió de acera, que se esfumó en un descampado, que dejó huérfana la camiseta de ese niño que presumía de delantero frente a sus compañeros de colegio.

Habíá un jugador que llegó como extremo y se consagró como delantero centro. Era el número nueve por excelencia, el tipo que tiraba desmarques a la espalda del central, el tipo que devolvía de primeras y se volvía para buscar el área, el tipo que lo remataba todo, la punta de lanza de un equipo que jugó de memoria y que sentó cátedra en un Bernabéu que aplaudía a rabiar cada tarde de domingo. Había un jugador que se dio a conocer de rojiblanco y triunfó para siempre de blanco mientras no tenía piedad de sus enemigos, ni siquiera de aquellos que un día le adoraron como el dios azteca del gol en el que se terminó convirtiendo.