jueves, 18 de septiembre de 2014

O Rei



Jugaba en un campo de piedras con una pelota de trapo. Los pies descalzos, la tez morena desafiando al sol y las piernas, como plumas, desafiando a la gravedad. Saltaba por encima de los niños mayores y corría más que los más altos. No era fuerte, pero era listo. Y era muy hábil. Su padre hubiese querido que saliese goleiro, como él, pero el niño salió atacante y no fue un atacante cualquiera. Fue el hombre que puso a Brasil en el mapa de los campeones. Un día fue el niño que lloró el maracanazo y pocos años después fue el adolescente que humilló a Suecia en pleno corazón de Estocolmo.

Le llamaron "O Rei" porque pasó de infante a monarca sin reclamar un solo principado. Conquistó estadios a base de goles y en el estado de Sao Paulo colocó en el mapa una ciudad llamada Santos que le beatificó en vida por los siglos de los siglos. Aquella delantera mágica formada por Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe, se hizo dueña de América y arrasó en el mundo en giras interminables como una compañía de circo que mostraba las fieras más indomables.

Al más indómito de todos quisieron enterrarle antes de tiempo. Cayó Joao Saldanha por despecharle y Zagallo confió en él para dirigir las huestes en un caluroso verano mexicano. Aquel equipo de cinco dieces deleitó al mundo de tal manera que aún hoy hay que rebuscar en la memoria gráfica de muchos medios para encontrar un equipo tan estéticamente perfecto. Aquel salto sobre Burgnich aún perdura en el recuerdo de quienes vieron aquella final en multicolor y no en pocas ocasiones somos el resto de románticos quienes buscamos en la red el portentoso remate que abrió la lata ante la rocosa Italia.

Se alejó del ruido para convertirse en estruendo. Cuando llegó a Nueva York, sorprendentemente, casi nadie le conocía, pero le faltaron unas pocas semanas para convertirse en semidios. Para entonces ya era más un producto que un futbolista, pero en aquel campeonato recién parido, contaban más los detalles que los resultados y, técnicamente, Pelé era un dechado de virtudes. Tras muchos goles y varias fotos en las que la estética le ganaba a la práctica, dejó el fútbol para seguir siendo millonario. Con un saco de mil trescientos goles a las espaldas, se quitó la camiseta con el número diez para trasladar su imagen a los museos de la postmodernidad. En Brasil nacieron un centenar de futbolistas realmente brillantes, pero sólo Pelé brilló tanto como para apagar las lágrimas negras de un fracaso que había enquistado a un país una tarde de verano de 1950.