martes, 20 de octubre de 2015

El lado oscuro de la expectativa

Una expectativa demasiado alta implica un gran grado de mentalización. El gen ganador vive en la institución antes que en el jugador. El futbolista sabe, por activa antes que por pasiva, hasta donde pueden llegar las limitaciones y hasta donde le pueden llevar las exigencias. Para los grandes retos se necesitan grandes cabezas, solamente quien sabe lidiar con ello sabrá atesorar su talento porque para ganar hacen falta dos cosas; ser muy bueno y ser consciente de que lo eres.

Decía aquella manida frase de la no menos célebre película de superhéores que un poder conlleva una gran responsabilidad. En el deporte colectivo, poder siginifica dinero y este se otorga en pos del palmarés, las aspiraciones reales y la masa social. Teniendo en cuenta que nuestro campeonato ha estado gobernado durante el último medio siglo por dos gigantes con puño de acero, resulta extremadamente peligroso considerar como alternativas serias a aquellos equipos que, pese a su buen desempeño en tramos concretos de una temporada, aún no se han medido en la verdadera grandeza durante más de cinco temporadas consecutivas.

Para Villarreal y Celta, este principio de temporada está sirviendo como recompensa a un trabajo excelentemente planificado. Suele decirse, y además es tan cierto como que el tiempo pasa y el agua es líquida, que cuando las cosas se hacen bien suelen obtenerse buenos resultados. Estos dos equipos apostaron desde un principio por varias premisas a la hora de implantar su crecimiento; talento, paciencia y apuesta por futbolistas de progresión. Por ello, resulta reconfortante ver a tipos como Nolito, Orellana, Nahuel o Trigueros, trenzar jugadas de ensueño porque en su ilusión y su talento vive la verdadera esencia del espectáculo. Gustarse para gustar.

Jugar con red aumenta la confianza y desarrolla la intuición. Villarreal y Celta saben que, en caso de caer a las posiciones intermedias de la tabla, no habrá una voz que reproche su intento ni una letra que exija un palmo más de terreno. Para otros equipos, sin embargo, el error se convierte en una amenaza acusatoria de difícil digestión. Todo lo logrado pasa siempre a ser pasado y la exigencia se centra en lo pendiente por lograr. Valencia y Sevilla, por ejemplo, han debido aprender a vivir en el filo del alambre; se les exige ganar como si fueran los mejores y nadie perdonará sus errores cuando jueguen como los peores. Sus casos son explícitamente genuinos pues ninguno de los dos tiene un palmarés de órdago y, sin embargo, han generado una expectativa tan brillante que, a poco que escalaron la montaña, se les exigió llegar los primeros a la cima.

Mucho más traumático está resultando el ejercicio de transición para Sevilla y Valencia. Ambos equipos vienen rebotados desde el fracaso después de haber conocido el éxito. Una vez han vuelto a acostumbrar a sus fieles a los puestos nobles de la tabla, se les ha vuelto a etiquetar con el cartel de favoritos a todo. El error consiste en creer que el nombre del envase vale más que el contenido. Ambos equipos, instituciones acostumbradas al éxito relativo y a la pelea constante, han visto, de golpe, como un aluvión de elogios se han precipitado sobre su condición. Llevarse a engaño es la manera más vil de engañar a quien realmente te exige. Las aficiones de Sevilla y Valencia exigen, por encima de todo, esa dosis de esfuerzo extra que permite a los terrenales codearse con los dioses del olimpo. Cuando aparece la exigencia extrema es cuando aparecen las dudas. Ante la vicisitud existen dos lugares comunes. Competir contra uno mismo y competir contra los demás. Siempre una opción por delante de la otra. Si se olvidan las esencias se olvidan las necesidades.

En un lugar más incierto se encuentra el Atlético de Madrid. Durante años se reconoció en sí mismo como un equipo contra el que jugar era un dolor de cabeza. Su centro del campo apretaba en cada lance y su defensa era firme como el hormigón. Cuando había dudas, siempre aparecía el delantero de turno para poner las cosas en su sitio. Reinventarse obliga a cambiar conceptos y a vivir fuera del costumbrismo. Para un equipo con unos automatismos establecidos, cambiar parte del equipo titular, supone un nuevo reto ante el que hay que demostrar arrojo y confianza. Cuando una de los dos obligaciones fallan, es cuando se encuentra un equipo indefinido. Y la indefinición es lo que menos conviene hoy en día a un equipo que cree haber olvidado el desierto y creyó haberse establecido para siempre en el oasis de la felicidad.

La expectativa tiene un lado oscuro sobre el que hay que saber salir con valentía. El arrojo y la fé en uno mismo es el mejor motor para seguir hacia adelante. Si en el momento del primer tropiezo creemos que hemos errado en todo y hemos defraudado todas las esperanzas depositadas en nosotros, es porque en el fondo no somos capaces de afrontar el reto. Todo cambio requiere paciencia, la paciencia invita al trabajo y el trabajo bien hecho suele generar resultados. Y nada es más satisfactorio que hacer algo sabiendo que nadie te va a reprochar por no haberlo intentado.