jueves, 26 de febrero de 2015

Un chico del barrio

Su aspecto era el de un mozo de almacén fuerte y aplicado. De hecho, allí fue donde pasó sus últimos días, y eso lo supimos gracias a que un programa de televisión nos lo mostró de cara abierta. La mirada resplandeciente del pasado, los carrillos henchidos y el cuello fuerte, casi inexistente, sobre unos hombros que habían aterrizado un millón de veces sobre la línea de cal. El chico de barrio había regresado a la normalidad después de que la fama, esa injusta calibradora de aspectos, le hubiese situado durante algunos años en los álbumes de cromos de los niños del país.

La infancia de los nostálgicos suele ser bella en los detalles y triste en las realidades. Los más necesitados son aquellos que, normalmente, sueñan más fuerte y terminan conduciendo su pasión hacia el camino del éxito. Wilfred Agbonavbare quiso ser portero, cruzó el mar, vivió el frío y entrenó durante meses sin entender el idioma de los que le exigían el éxito. Pero sus vuelos hablaban por sí solos, su arrojo delataba hambre, su sonrisa de niño terminó por conquistar el corazón de los chicos que acudían cada domingo al estadio de Vallecas.

Mis recuerdos de juventud están salpicados por momentos puntuales. Un gol de Futre en una final de copa, un pisotón de Stoichkov a Urízar, una chilena de Hugo y una parada de Wilfred en el Bernabéu. Momentos que forjan recuerdos imborrables. Un profesor de historia, hincha confeso del Madrid, hubo de aguantarnos durante todo un lunes mientras le citábamos al bueno de Wilfred por los pasillos. Lo bello de los detalles es que perduran por encima de las promesas. Aquel penalti parado por Wilfred a Michel me retrotrae a mis años de instituto, a mis primeras salidas, mis primeros escarceos, mis primeras lágrimas de desamor. La muerte del portero del barrio de Vallecas me entristece porque siento que deja atrás una vida, una etapa que cerró la puerta hace ya unos años pero que aún creía que podía volver a abrir. Y creo que, como Wilfred, muchos de nuestros sueños también se han ido para siempre.