jueves, 12 de febrero de 2015

El circo

Desde que la información objetiva derivó en opinión subjetiva, desde que la bufanda se impuso al criterio, desde que los índices de audiencia se convirtieron en el mantra sobre el que derivar la programación, desde que la oferta, en su pobre búsqueda de la mediatización, se acopló a una demanda mal relativizada, desde que la acción se centró en lo banal por encima de lo transcendental, el periodismo deportivo pasó de convertirse en un foro de retroalimentación, para convertirse en un circo de transgresión.

Uno puede mirar a los ojos de un buen periodista y encontrar el orgullo herido por la vergüenza ajena en la mirada. Yo, que conozco a un periodista cabal, de los que gustan de informar con objetividad y opinar con la cabeza aunque su corazón rezume las lágrimas de una derrota, no puedo sino sentirme afín a su causa y sentarme al colchón de su consuelo. El desafecto, ese puñal de crédula incredulidad que arrojan los ventajistas y forofos, está convirtiendo al periodismo deportivo en la cloaca de los medios de comunicación. Cuando decidieron bajarse al barro sin preguntar perdieron cualquier atisbo de inocencia. Los culpables, señalados con el dedo de los cuerdos, ríen, gozan y perpetran desde el trono del poder. Mientras que los inocentes, mientras reman contracorriente en pos de un periodismo de calidad, han de morderse las uñas y tragar polvo con el fin de publicar calidad. "Importan las visitas, los pinchazos, las audiencias", dicen algunos. Y otros, que ven en lo banal lo secundario, siguen bajando la mirada y apretando los dientes. El circo tiene muchos payasos, muchas fieras y mujeres barbudas con panza y bufanda. Pero el circo necesita trapecistas que arriesguen, domadores que aplomen y, sobre todo, artistas que conviertan la verdad en el único camino hacia lo correcto.