lunes, 16 de abril de 2012

Los caprichos del destino

El destino es caprichoso porque mantiene escondido su baúl de los recuerdos particular. De vez en cuando saca la memoria a pasear y desenvaina una afrenta pendiente para ponernos cara a cara contra nuestros propios pecados. En la manera de asimilar el reto está el verdadero valor de la persona; la personalidad marca una casilla entre dos opciones: se puede pedir perdón y llorar por el error o se puede apretar los dientes y demostrarle al mundo que nuestra locura tuvo una razón de ser.

Fernando Torres emigró a Inglaterra para ganar títulos y, desde entonces, no ha disputado ni una sola final. Han pasado cinco años desde que el niño partió de casa para hacerse un hombre y aún no ha sido capaz de cumplir ninguno de sus sueños. Quizá porque no fue consciente de que el verdadero sueño de cualquier futbolista debe ser el de convertirse en referencia memorial de cualquier institución. De haber permanecido en Liverpool, quizá no hubiese tenido opción de disputar un gran título, pero hubiese coleccionado un buen puñado de recuerdos a flor de piel nacidos de la garganta de cualquier scouse y, quizá, un monumento al gol erigido por un puñado de aficionados agradecidos al esfuerzo. En lugar de la inmortalidad, Torres optó por la materialidad. Y en el viaje de vuelta hacia sus sueños tampoco encontró el premio qué el hubiese esperado.

Pero el destino le guardaba una penúltima carta boca abajo en su particular partida contra la gloria. Ayer el Chelsea se clasificó para su primera final en dos años y la parca del destino le deparó al Liverpool como rival en la afrenta. Los reds han agotado todas sus opciones en busca de sus dos finales particulares y, a costa de un particular desierto de desidia en liga, han logrado sus objetivos preferenciales. Y enfrente estará Torres, el niño al que adoptaron como "The Kid", el "number nine" que resonó en las gradas de Anfield durante cuatro años y el tipo que abandonó un amor para buscar un título. Aquí está su final. Sus dos equipos frente a frente y el error y el acierto, pendiendo de un hilo como la espada de Damocles. Solamente el destino dilucirá el resultado. Ese caprichoso destino que ha puesto a Torres cara a cara contra sus propios pecados.

2 comentarios:

Adrià Corchero dijo...

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futbollium dijo...

El detino suele ser muy caprichoso con estas cosas .

Un saludo