lunes, 30 de enero de 2017

Lev Yashin

Poco antes de empezar el encuentro, el joven Lev Yashin se calzó unos raídos guantes de cuero. Los presentes, entre indecisos y sorprendidos, observaban al chico grandote y se preguntaban qué debía temer para calzarse unos guantes antes de jugar. Hacía frío, sí, pero no menos que cualquier día otoñal en la vieja Rusia. Y el balón era pesado, sí, pero no menos de lo que podía llegar a serlo en aquellas noches en las que la lluvia y la nieve calaba hasta los huesos del alma.

El primer portero en usar guantes era ruso y no había practicado fútbol hasta los diecisiete años. Días antes de aquel debut, defendía la portería del equipo de hockey hielo de la fábrica de herramientas y, acostumbrado a llevar sus manos protegidas, solicitó un par de guantes para sentirse más seguro en la portería. Aquellos que le habían mirado de manera extraña fueron los mismos que le admiraron durante muchos años después. Ya nadie debatía sobre sus guantes, sino sobre su capacidad para asombrar al mundo. Disputó cuatro mundiales y, terminado el siglo XX, le otorgaron el galardón de mejor portero de la historia.

Pero los grandes estatus no se alcanzan por casualidad. Uno debe ser un gran hombre, un tipo insaciable y un deportista inabarcable para ser considerado el mejor. Cuando debutó con el Dinamo de Moscú nadie podía imaginar que aquel chico dubitativo iba a estar más de veinte años defendiendo la meta del equipo del ejército. No fue hasta que comenzó a vestirse de negro cuando fue tenido en consideración de leyenda. Le apodaron "la araña negra" porque parecía un antrópodo capaz de sacar ocho brazos ante cualquier circunstancia. Su entrega y dedicación le valieron el título de coronel del ejército. Toda una institución en un país donde la supremacía se ganaba a base de trabajo y miedo.

Pero no todo fueron rosas en el jardín de infancia. Hubo un día en el que regresó a Rusia como culpable y las sospechas se cebaron sobre su sombra. Fue después del mundial de Chile, disputado en 1962, cuando la gran Unión Soviética, vigente campeona de Europa, sucumbió contra el equipo local después de que su portero encajase dos goles inverosímiles. Durante una tarde, quizá la más importante de su carrera, el ángel que le acompañaba voló hacia la grada y prefirió sentarse para disfrutar de su humillación pública. Murió de pie y aprendió de rodillas. La sorna y la duda le hicieron más fuerte, más rápido, más perspicaz.

Y es que aquel mundial de Chile no había empezado con buen pie. En el partido de la fase previa ante Colombia, cuando los soviéticos vencían por cuatro goles a uno decidieron relajarse y darle alas al rival. El empate a cuatro final fue visto con sonrojo en Moscú. Y aún más lo fue aquel gol desde el córner que el colombiano Coll anotó ante la mirada impasible de Yashin. Nunca en la historia de los mundiales se había anotado un gol olímpico y él tuvo la mala fortuno de ser el primero en encajarlo. Pese a las críticas y los infortunios, el tiempo terminó olvidando el desastre porque fueron muchos más los milagros que sobrevinieron que los errores que le recordaron. Por su trayectoria admirable, la FIFA decidió que el premio al mejor portero de cada mundial llevase su nombre. Un digno reconocimiento a quien dedicó gran parte de su vida a hacer de su oficio un monumento al asombro.

Fue en el año 1946 cuando le instaron a probar suerte en el fútbol. Le gustaba el hockey y se sentía feliz siendo un dechado de reflejos. Era joven e insensato. Decidió probar suerte ante la lesión del portero del equipo de la fábrica y se quedó para siempre. Le picó un gusanillo difícil de apartar. Aquel campo de visión le otorgaba mayor libertad de pensamiento, aquel balón tan grande le ayudaba a la hora de interpretar los disparos, aquellas porterías tan anchas le obligaban a ser más ágil.

Cuando el chileno Leonel Sánchez anotó uno de los goles más importantes en la historia de su país; el locutor Julio Martínez, gritó una de las frases más famosas en la historia de los relatos deportivos. "¡Justicia divina!". Chile le estaba ganando a la URSS en partido de cuartos de final del mundial y Yashin ya sabía que la justicia divina no iba a recaer a su favor. Pero si existe un ente que imparte justicia con la divinidad de los hechos, es el tiempo. El mismo que encarece mitos y levanta estadios. El único capaz de otorgar reconocimientos más allá de los logros. Meses después de recibir aquellos goles frente a Chile, la revista France Football le otorgó el premio al mejor jugador europeo del año. Un hito sin precedentes que no ha tenido parangón en la historia del fútbol. Desde entonces ningún otro portero se ha asomado a los estudios del periódico francés para fotografiarse con tan preciado galardón.

Cuando acabó su carrera, la gente hablaba de un hombre que mantuvo su portería a cero en casi trescientos partidos. Exageración o no, lo cierto es que el mito se fue haciendo más grande a medida que el portero iba pasando por los años sin que los años pasasen por él. Era sobrio, ágil y omnipresente. En el año 1970 ganó su quinta copa de soviética diecisiete años después de ganar la primera. Era la guinda a una carrera trufada de grandes momentos. Una carrera ganada a pulso, a guantazos y carreras hacia el borde del área. Tan inmensa fue su fama que allende las fronteras soviéticas la gente esperaba la llegada de un ogro gigante. Pero aquella araña era un hombre de carne y hueso afincado en el milagro cotidiano. Cuando ganó para la URSS la primera edición de la Eurocopa de naciones, el régimen le convirtió en un símbolo del comunismo. Aquí está nuestro hombre, y Yashin se paseaba por Rusia como el salvador del bolchevismo. Por ello, resultó hasta curioso comprobar como su muerte, en 1990, coincidía con el fin del Guerra Fría y la fulminación de la perestroika rusa. Moría el mito. El niño que comenzó a jugar al hockey mientras se dejaba las manos en un torno fabricando herramientas para que su país pudiese defenderse de los ataques alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.

Aquel hombre trufado de premios para mayor gloria del comunismo. La Orden Olímpica, la Orden de Mérito de la FIFA y, sobre todo, el prestigioso Balón de Oro concecido por la revista France Football en 1963. Aquellas muescas ayudaron a fabricar un mito inalcanzable. Jugar contra él era como jugar contra Dios. Quizá fue por ello que los rivales se sentían intimidados y los compañeros se sentían tan seguros como en un búnker. El hecho es que, más allá de la mística, Yashin se convirtió en un gran portero porque se anticipó a los tiempos. Se puede decir que fue uno de los primeros porteros modernos, esos que ya no se quedaban necesariamente bajo los palos a esperar la llegada del equipo rival, sino que prefería adelantar su posición, salir fuera del área a despejar o incluso a convertir la portería en diminuta para el atacante.

En su periplo en el Dínamo de Moscú, único equipo en el que jugó a lo largo de su carrera, a excepción de la selección soviética, Yashin disputó trescientos veintiséis partidos de liga para ganar cinco campeonatos a los que sumar a las tres Copas de Rusia logradas y al campeonato de Europa de naciones. Además, se consagró como un consumado para penaltis capaz de detener casi un tercio de las penas máximas que le lanzaron y que, en diecinueve años de carrera, fueron casi cuatrocientas.

Como casi todas las grandes carreras, la suya fue la del tipo que supo estar en el momento preciso y en el lugar adecuado. Durante meses, cuando aún era un joven imberbe aspirante a portero titular, tuvo que guardar reposo obligado en el banquillo de suplentes mientras veía como el portero titular, Alexei Jomich, apodado "El tigre", se hacía con el cariño de la gente a base de paradas milagrosas. Pero el verdadero milagro, para Yashin, llegó en forma de lesión. Jomich se rompió el brazo y el joven Lev saltó al campo y ya nunca más se marchó. Se olvidaron del tigre y nació la araña. Siempre vestido de negro, como un color fetiche que le ayudaba a imponer su presencia por delante del mundo, Yashin se convirtió el leyenda después de ser el primer futbolista ruso en disputar cuatro campeonatos del mundo. Más allá del profesionalismo, además, como el jugador amateur que siempre fue en su Rusia natal, pudo disputar los juegos olímpicos disputados en Melbourne en 1956 y alzarse, a su paso, con la medalla de oro. Una carrera de gloria que comenzaba con la mayor gloria.

Aquel dos a uno en la final olímpica ante Alemania supuso su presentación a nivel internacional. En Rusia, como el amo del destino del Dínamo, ya era una celebridad, pero pocos, allende las fronteras, habían podido admirar sus capacidades y sus reflejos. El cénit de su carrera llegó en el mundial de Inglaterra celebrado en 1966 cuando la Unión Soviética alcanzó las semifinales. Un hito sin precedentes para un fútbol en continua necesidad de gloria. Por ello, el día que se marchó del fútbol, le hicieron un homenaje a medida y una selección compuesta por los mejores jugadores del mundo viajaron al hermético Moscú para enfrentarse a la URSS. Tras el partido y los agasajos, Yashin, con la misma mirada de aquel niño que con siete años había soñado un final así después de ver la película "El Portero", tomó un micrófono y dejó dos palabras escuetas para la eternidad. "Gracias, público".