miércoles, 12 de noviembre de 2014

Mané



Patizambo, cojo, achepado y falto de luces. Podríamos estar hablando de cualquier desafortunado ciudadano golpeado por la vida y las enfermedades. Astillado por la poliomielitis y objeto de mofa entre los niños del descampado. Era tan feo que le apodaron Garrincha; el nombre por el que allí se conocía a uno de los muchos pájaros tropicales que, de vez en cuando, aparecían por las afueras de la ciudad.

Pero cuando un balón botaba por la tierra, era el primero en cazarlo y el último en soltarlo. Aprendió a sortear patadas y a acelerar ante quienes querían bloquearle, pero, sobre todo, aprendió a frenar. Y qué maravilla era verle frenar tras una arrancada. Le gustaba enseñar la pelota, la escondía tras el talón y aceleraba. Acto seguido frenaba. Y volvía a salir disparado. Y en el proceso, claro está, dejaba a un defensor cariacontecido y un espectador boquiabierto.

La fama del niño feo y malformado recorrió Río de Janeiro y el pequeño Mané terminó enrolado en las filas de Botafogo donde dio sus mejores tardes y donde sus jugadas terminaron convirtiéndole en mito. Aún se le recuerda fajando contra Nilton Santos en cada entrenamiento y como después, en los partidos, previa charla del capitán, salía a divertirse y dejaba defensas tumbados en cada uno de sus esláloms. No tardó en convertirse en el jugador más decisivo del equipo. Volaba, frenaba y arrancaba. Muchas veces asistía y otras tantas marcaba. Tres veces campeón carioca y el premio irrechazable de convertirse, por derecho propio, en el dueño de la banda derecha de la selección brasileña.

Los que recuerdan aquellos mundiales, los que evocan goles y momentos, suelen remitirse a Pelé como astro principal en el triunfo, pero lo cierto es que sin Garrincha no hubiese habido goles de Vavá en el cincuenta y ocho y sin Garrincha no hubiese habido paseo triunfal en Chile en el sesenta y dos. Los que creen que Maradona fue el único jugador capaz de ganar por sí solo un campeonato del mundo, olvidan que veinticuatro años antes, un genio de piernas torcidas acaparó el balón con tanta consistencia que no lo soltó hasta conseguir que su equipo repitise la gloria como campeón del mundo.

El resto es fábula triste con lágrima y moraleja. El tipo al que un día apodaron "la alegría del pueblo" fue cambiando las tardes de banda derecha por las noches de club. Se agarró a una botella de whisky y no la soltó hasta verse moribundo en la puerta de un comercio. Murio en silencio, ebrio, muerto de frío y de soledad. Quienes quisieron haberle olvidado se lanzaron a la calle y se hicieron oir cual plañidera resentida. Acompañaron su féretro por toda la ciudad y no hubo una calle donde no se llorase la muerte de Garrincha. Aún algunos le recuerdan. A esos nostálgicos de tardes de ensueño en el General Severiano les siguen diciendo que Pelé fue el mejor jugador de la historia. Ellos sonríen melancólicos y se preguntan que hubiese hecho Pelé para el fútbol de haber sido zambo y haber tenido la columna desviada. "Nada", susurran en voz baja. "Absolutamente nada".