miércoles, 19 de septiembre de 2012

El hombre de hielo

Era un futbolista impresionante; un esteta, un creativo, un innovador, un genio. Le aterraba volar pero con los pies en el suelo era inigualable, domaba la pelota con la mirada y como un prestidigitador mantenía la mirada fija y los defensas caían hipnotizados a sus pies, tal vez aterrados ante el ridículo, muchas veces impresionados ante la variedad de recursos de aquel delantero rubio.

Se crió en la mayor escuela de talentos de Europa, dio un paso al frente en la final de la una Copa de la Uefa y viajó a Italia para estrellarse contra el muro del catenaccio. Perdió la felicidad y perdió el duende, perdió la fé y perdió el fútbol. Apresado en un castillo de hormigón suplicó ayuda y un joven entrenador francés acudió al rescate y le obligó a prometer espectáculo a cambio de romper sus grilletes.

La promesa fue magia. El rubio se instaló en Londres y en pocos meses ya era un ídolo. Pocos años después se había convertido en un Dios pagano vestido de rojo y blanco. Inventaba goles, ingeniaba pases imposibles y levantaba a la grada cada vez que merodeaba el área. No era un delantero centro, pero tampoco un mediapunta; era un espíritu libre que ingeniaba goles con la cabeza levantada. Buscaba el hueco, el espacio y, tac, el balón terminaba en la escuadra, junto al palo o debajo de las piernas del portero.

Muchas veces lo hacía después de haber humillado a un defensa. No era un jugador altivo y de aires superiores, pero gustaba jugar al circo; hacía magia, ilusionismo, regates imposibles, remates increíbles. Se despidió una tarde de primavera y llovieron aplausos sobre su espalda. No hubo más tardes, ni más goles, ni más trucos de mago. Pero quedó el recuerdo, imborrable, de un tipo que nació para hacernos a todos un poquito más felices.